Tucumán. Circuito Chico o de las Yungas
El Circuito Chico o de Las Yungas, es un recorrido que alterna sierras y selva, pasando desde el Lago del dique El Cadillal hasta la señorial Villa Nougués. Es el camino que va San Miguel de Tucumán rumbo a San Javier (a 1.270 m de altura).
El mayor encanto de San Javier es la vista panorámica impactante de la capital tucumana, además de la belleza del camino de llegar hasta allí.
Es una excelente opción para conocer las sierras y los bosques subtropicales es el Parque Sierra de San Javier.
Además, en Loma Bola se puede realizar parapente. Es uno de los centros de parapente más importantes de la Argentina, sede de la Copa Mundial en el año 2007.
Villa Nougués seduce a los visitantes por sus callecitas, la capilla Sagrado Corazón y las casas que balconean hacia el río oculto por la vegetación y las hortensias.
Yendo al norte por la Ruta 341, nos encontramos con Raco, esta pequeña villa que recuerda allí a Atahualpa Yupanqui con un monumento, quién dedicó su inolvidable zamba “La raqueña”. Cuya letra dice: “Cuando voy a la loma / se me hace que subo al cielo / a buscar una estrella / vidita para tu pelo”.
Atahualpa fué un poeta y músico que vivió 15 años en Raco.
Atravesada por el río Raco, con el entorno selvático de las sierras de San Javier y El Periquillo, se realizan cabalgatas, campamentos y otras actividades de turismo aventura.
En el Lago del Dique El Cardinal, se pueden realizar deportes acuáticos como jet ski, esquí acuático y paseos en catamarán. Además, funciona un nuevo servicio de aerosillas de 1.200 metros de largo, con capacidad para 50 personas.
La zona de Ticucho es apta para pescar tararira, boga y mojarra, y el río Loro permite un descenso rápido en kayak y rafting.
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Titulo: El circuito Chico o de las Yungas.
Publicado el 11/11/2012.
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Provincias: Tucumán
Ciudades: San Javier
Ver en: http://www.turismonorteargentino.com/tucuman/san_javier/el-circuito-chico-o-de-las-yungas_n.html
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Tucumán: Por el interior del Jardín de la República
Desde San Miguel de Tucumán se puede iniciar el camino de conocer el interior de la provincia, la verdadera tradición tucumana en plena selva.
Así llegamos a Famaillá, conocida como la “Capital nacional de la empanada”. Se puede probar una auténtica empanada en horno de barro, con carne cortada con cuchillo, cebolla de verdeo, morrón, pimentón y comino.
El río Los Sosa se abre camino en la selva, con muchas curvas entre las cañas colihue, helechos y alisos.
La subida comienza y entre curva y curva se llega al gran Monumento al Indio Calchaquí, el Parque de Los Menhires que está formado por esculturas de piedra creadas hace 3 mil años.
Luego, aparece Tafí del Valle entre las montañas, con sus laderas teñidas por un verde intenso y compacto. Además de probar el rico queso, se pueden hacer cabalgatas y caminatas, o simplemente, llegar hasta algun mirador natural para contemplar los Valles Calchaquíes.
En el cerro El Pelao, los mas intrepidos pueden realizar vuelos en aladelta, o bien, practicar deportes acuaticos en el lago de la represa.
Siguiendo hacia el norte por la Ruta 307, del otro lado del Abra del Infiernillo, se cuidan los tesoros de la comunidad indígena de Amaicha del Valle, donde en agosto se realiza la Fiesta de la Pachamama.
A 8 kms del pueblo, por una senda entre casas de adobe, están las Ruinas de los Cardones que se mantienen en la cima de dos cumbres rocosas.
A 18 kms de Amaicha, se encuentra la “ciudad sagrada” de la comunidad quilmes, que revive la identidad y la cosmovisión de una civilización que empezó a florecer hace 9.000 años, hasta que en el año 1666 los pobladores fueron expulsados por los conquistadores españoles.
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Titulo: Por el interior del Jardín de la República.
Publicado el 22/07/2012.
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Sitio: turismonorteargentino.com
Provincias: Tucumán
Ciudades: Amaicha del Valle, Tafí del Valle
Ver en: http://www.turismonorteargentino.com/tucuman/amaicha_del_valle/por-el-interior-del-jardin-de-la-republica_n.html
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Conociendo el Jardín de la República
Apacible y tranquila, el mayor movimiento se da por la mañana o por la tarde, dado que San Miguel tiene un sello distintivo que es la siesta: de 14 a 17 las calles quedan prácticamente vacías y los negocios cierran. Sin embargo, durante las noches el espíritu provinciano se puede sentir en bares, teatros, restaurantes y shoppings que de lunes a lunes abren sus puertas hasta después de la media noche.
San Miguel de Tucumán fue fundada dos veces. La primera fue en 1565 por Diego de Villarroel en un lugar conocido como “Ibatín”. Y la segunda, en 1685, por Fernando Mate de Luna, en un sitio llamado “La Toma”, cercano al margen derecho del Río Salí.
Ver mas en
http://www.turismonorteargentino.com/tucuman/el-jardin-de-la-republica_nota1478.html
Tafí del Vale, un paraíso
Muchos viajeros parten desde San Miguel de Tucumán en una ruta que los lleva hasta Salta y Jujuy; otros escogerán un camino alternativo. Pero todos pasarán por Tafí, última escala urbana antes de internarse en el Tucumán más silvestre, o destino único que demandará quedarse todo lo que la agenda vacacional permita; primera parte que presenta personajes y aventuras por vivir o final de saga en que todo se resuelve, hallando el tan esperado sentido cúlmine. Pero todos pasarán por Tafí; el leitmotiv será el mismo: disfrutar una mezcla original de pequeña ciudad con nutrida oferta de actividades y sin embargo allí mismo, a la vuelta de la esquina, naturaleza salvaje.
Ver mas en
http://www.turismonorteargentino.com/tucuman/un-paraiso-para-mortales_nota1486.html
Conociendo y descubriendo el Aconquija
A pocos kilómetros al oeste de la ciudad de San Miguel de Tucumán se inicia el ascenso en automóvil, en bus o combi hacia las sierras del Aconquija. La ruta provincial 307 es asfaltada y está muy bien señalizada.
La primera parada es un pequeño recodo en el camino selvático de ascenso llamado Villa Nugués. Un espacio cercado por murallones plenos de follaje y riscos en donde muchos tucumanos han edificado sus pequeñas estancias de fin de semana. Es que, a sólo 20 minutos de ascenso, este paradisíaco lugar ofrece temperaturas moderadas en el tórrido verano de la provincia. Allí hay una agradable confitería donde hacer un alto y admirar el paisaje de terrazas naturales y exuberante vegetación.
Ver más en:
http://www.turismonorteargentino.com/tucuman/descubriendo-el-aconquija_nota1515.html
Parques y reservas naturales en Tucumán
Tucumán cuenta con 7 parques y 8 reservas naturales, que permiten al visitante ponerse en contacto directo con la naturaleza del noroeste argentino.
Parques nacionales y provinciales
Los parques para conocer en Tucumán son:Parque Cochuma: uno de los encantos de este parque en Tucumán lo constituyen los grandes picos existentes en su interior pertenecientes a la formación conocida como el Cordón del Aconquija. El más alto de ellos es el Calvillo de los Cerrillos (5500 metros). Allí se puede encontrar también el complejo Samay Cochuna, un camping equipado con todo lo necesario para pasar unas vacaciones increíbles en Tucumán.
Parque Sierra San Javier: abarca aproximadamente 14.000 ha., este parque es una opción atractiva para quienes se decantan por el turismo ornitológico, puesto que es posible apreciar en su hábitat a más de 200 tipos distintos de aves. También es posible realizar trekking y cabalgatas y acampar en las tres áreas habilitadas para estos fines en el Parque.
Parque Provincial Cumbres Calchaquíes: constituye la reserva más grande existente en Tucumán, con una superficie de más de 40.000 hectáreas que abarca la zona de alta montaña de las Cumbres Calchaquíes. En el complejo se pueden observar restos paleontológicos, representantes de la fauna típica local y, lo que constituye uno de las atracciones principales para el turismo, el bosque petrificado de algarrobo.
Parque Percy Hill: en un terreno muy reducido conserva el ecosistema natural de la selva de Tucumán que fue devorado por el crecimiento de las ciudades de Yerba Buena y San Miguel de Tucumán. Es, también, un destino atractivo para el turismo ornitológico ya que conserva casi cien tipos de aves en sus aproximadamente 3 ha. de extensión.
Parque Provincial Aconquija: este complejo brinda la posibilidad de realizar trekking, canotaje y pesca deportiva. También es posible recorrerlo en bicicleta.
Parque Nacional Campo de los Alisos: abarca aproximadamente 10.000 ha. y es un sitio privilegiado para apreciar el ecosistema de los bosques y selvas propios de Tucumán. También cuenta con importantes yacimientos arqueológicos relacionados con la presencia inca en el territorio que incluyen las ruinas de un tambo, una ciudadela y un camino del Imperio, cuya observación aproxima al visitante a un significativo fragmento de la historia precolombina del territorio en su viaje.
Reservas naturales para conocer
Los reservas naturales para conocer en Tucumán son:Reserva Fitozoológica Dr. Carlos Pellegrini: a menos de 100 kilómetros de la capital, esta reserva resguarda especies autóctonas y también exóticas, incluyendo especímenes tales como leones, tucanes y tigres de bengala. En el sitio además existe un Campamento Educativo, ideal para los más pequeños de la familia en estas vacaciones, y la posibilidad de realizar cabalgatas.
Reserva Natural Aguas Chiquitas: tiene como encantos principales el conservar una parte del ecosistema denominado Bosque de Transición de Tucumán, que en la actualidad ya no existe, y su pintoresca cascada. Otra de las opciones para visitar en Tucumán en estas vacaciones.
Reserva Forestal La Florida: protege una significativa porción de bosques típicos locales que albergan aproximadamente cien especies de fauna, en su mayoría aves, lo que la convierte en una seductora opción para los amantes del avistamiento de pájaros.
Reserva Experimental Horco Molle: bautizada en honor al árbol de igual nombre, típico de la zona, cuenta entre sus atracciones con un museo geológico, paleontológico y biológico que apunta a conservar la historia natural de la región.
Reserva Provincial Los Sosa: protege una porción de yungas, como se denomina a las selvas de montaña, y en su interior alberga un río en el que está permitido practicar la pesca deportiva de truchas.
Reserva Provincial Santa Ana: con más de 18.000 hectáreas, alberga numerosas especies de pájaros y mamíferos, así como parte de las yungas de Aconquija.
Reserva Provincial Quebrada del Portugués: con una superficie de más 12.000 hectáreas y conserva importantes vestigios arqueológicos de los pueblos originarios que habitaron la zona, así como también de la presencia inca en el mismo. Sirve de hogar a especímenes de la fauna típica local tales como el guanaco, el pecarí y el cóndor andino.
Reserva Provincial La Angostura: esta reserva fue creada en 1996 con el objetivo inmediato de proteger aves acuáticas y migratorias en peligro de extinción. El avistaje de estos animales es, por tanto, uno de sus atractivos fundamentales, junto con la belleza de los paisajes.
Gira norteña por Salta, Tucumán y Jujuy
En vacaciones de verano muchos viajeros acostumbran hacer travesías largas por alguna de las diversas regiones de nuestro país. Pueden partir rumbo a Cuyo, o a la Mesopotamia o hacer un recorrido por zonas de la Patagonia. El otro de los grandes viajes en nuestra vasta Argentina es el noroeste, donde se siente con mayor intensidad el latido originario de las culturas autóctonas, mientras se atraviesan sus coloridos paisajes. En el NOA hay además una religiosidad popular andina muy diferente a otras, una música propia cuyo origen se remonta a tiempos prehispánicos y se viven algunas de las fiestas populares más alegres del país. A continuación, un viaje de 15 días por las provincias de Tucumán, Salta y Jujuy –Catamarca queda ya para otro viaje– como para llevarse una idea general de la región, siempre con la idea de volver. Porque cada provincia justifica un viaje en sí mismo –siempre va a haber un viaje más a fondo por donde uno pase– de al menos una semana cada uno. El viaje sugerido aquí se puede hacer en auto o en transporte público en su mayor parte.
Desde Tucumán
Desde Buenos Aires hasta San Miguel de Tucumán
hay 1310 kilómetros –por ruta, unas 15 horas en promedio–, así que si
se viaja con vehículo propio lo normal es pasar una noche en la ciudad de Córdoba.
En la segunda jornada, si el cansancio no abruma y el calendario marca
día sábado, se justifica en el camino una parada en el pueblo de Simoca
para visitar su histórica feria de campo.El mercado de Simoca es teóricamente el más antiguo del país, ya que su origen se remonta al tiempo de la colonia, cuando en el siglo XVII el mismo espacio físico era una feria semanal donde había una posta de caballos y se comerciaba con la ley del trueque (que en algunos casos todavía se aplica, entre amigos). Este mercado a cielo abierto funciona todos los sábados desde hace ya más de 300 años, y gran parte de las personas que hacen compras llegan en coloridos sulkies que a veces suman más de un centenar estacionados en las calles de alrededor.
En la capital tucumana es casi una obligación patriótica visitar la Casa de Tucumán –en la noche se hace un sugerente recorrido con un espectáculo de luz y sonido inspirado en la firma del acta de la Independencia– y se puede dormir en esa ciudad o seguir viaje 107 kilómetros más hasta Tafí del Valle para pasar una o dos noches.
La parte final del trayecto entre San Miguel y Tafí del Valle toma la RP 307 para subir por un camino de cornisa a través de las montañas del “monte tucumano”, entre cañaverales y cascadas que brotan de manantiales en las alturas. Cada tanto aparece algún lapacho florecido de color fucsia y la vegetación se hace cada vez más tupida, hasta que el verdor estalla en una profusión de helechos, lianas y árboles de gran porte con plantas colgantes.
Cerca de los dos mil metros de altura sobre el nivel del mar, la vegetación decae. Ya casi no hay árboles, pero toman la posta los cardones, esos cactus gigantes que se elevan hacia el cielo como dedos acusadores. Alrededor de la ruta se levantan grandes montañas cubiertas por un suave manto verde y cada tanto se ven bajar baqueanos a caballo desde las alturas de los cerros.
El Valle de Tafí aparece de pronto, tras una curva, donde el sol cae a pleno sobre el agua del embalse La Angostura. Los calchaquíes denominaban Taktillakta (pueblo de entrada espléndida) al antiguo Tafí, donde algunos cardones crecen entre las casas superándolas en altura. También se ven caballos pastando a una cuadra del centro, llamas en los patios de algunas casas y se oye el canto de los gallos. Desde el pueblo se visita el Parque de los Menhires –una serie de piedra aborígenes talladas–, el casco de una vieja estancia y se organizan salidas a caballo y en 4x4.
De Tafí del Valle uno debería irse cuando le den ganas –lo ideal es viajar sin un cronograma estricto–, siguiendo hacia el norte para pasar por Amaicha del Valle y empalmar con la Ruta 40 en menos de una hora, justo antes de uno de los puntos culminantes de este viaje: las ruinas de la antigua ciudad de los indios quilmes, conformada por una serie de terrazas escalonadas sobre los faldeos del cerro Alto Rey. El segmento restaurado es apenas una parte de lo que fue una “gran ciudad” indígena que llegó a albergar a 3 mil personas. Basta con internarse un poco en la maleza para toparse con infinidad de montículos de piedra que alguna vez fueron parte de las gruesas paredes de las casas indígenas.
La ciudad de los quilmes fue uno de los asentamientos prehispánicos más importantes del país. Solamente la base de las casas fue reconstruida, utilizando las mismas piedras que yacían amontonadas en el sitio. Vista desde las alturas del cerro, la ciudad se asemeja a un complejo laberinto de cuadrículas de hasta 70 metros de largo, que servían de andenes de cultivo, depósitos y corrales para las llamas. Hay también numerosas casas de estructura circular que estaban techadas con paja. Se calcula que el lugar comenzó a poblarse alrededor del siglo IX d.C., y a mediados del siglo XVII unas 10 mil personas vivían en los territorios de los alrededores.
Rumbo a Salta
De regreso en la legendaria Ruta 40 el siguiente destino es el pueblo salteño de Cafayate,
donde se puede hacer noche y dedicar el día siguiente a visitar alguna
bodega de vino torrontés y la Quebrada de las Flechas, donde brotan de
la tierra unas placas sedimentarias que se quebraron por el surgimiento
de las montañas y ahora apuntan al cielo sus filosas puntas.Dos noches son el mínimo necesario para respirar el ambiente pueblerino y colonial de Cafayate. La excursión más impactante por sus paisajes es a la Quebrada de las Conchas por la RN 68 que es también uno de los dos caminos posibles hasta la ciudad de Salta, aunque si se regresa por allí se pierde de visitar los pueblos de Cachi y Molinos, que están en la vía alternativa. Entonces la solución es recorrer la primera mitad de esta quebrada –unos 30 sinuosos kilómetros– para visitar las impresionantes formaciones sedimentarias de la Garganta del Diablo y El Anfiteatro y luego regresar de nuevo a Cafayate. La Quebrada de las Conchas está totalmente asfaltada hasta Salta –a diferencia de la opción por la Ruta 40 desde Cafayate–, así que es una opción para quienes le teman al ripio.
Desde Cafayate, la Ruta 40 conduce hacia el norte por los pintorescos pueblitos coloniales de Molinos y Cachi, lugares ideales para pernoctar en el silencio absoluto de las noches (muchos optan por seguir hasta la ciudad de Salta y disfrutar de la movida nocturna de peñas folclóricas como La Vieja Estación y la Casona del Molino). Desde Cafayate a Cachi la 40 es de ripio y luego hasta Salta está casi toda pavimentada.
Para llegar a la ciudad de Salta se abandona la Ruta 40 y se toma la nacional 33 que en la Recta de Tin Tin atraviesa el Parque Nacional Los Cardones y luego sube por los caminos de cornisa de los Valles Calchaquíes hasta los 3348 metros en la Piedra del Molino, donde se comienza a descender por la espectacular Cuesta del Obispo. Desde la ruta se divisa la Precordillera de los Andes y la cumbre del Nevado de Cachi, que con sus 6720 metros es la segunda más alta del país luego del Aconcagua.
Hacia la Puna
Salta es la
capital más bonita del noroeste, y además de su vida nocturna y
edificios coloniales tiene circuitos en sus alrededores como la Quebrada
de San Lorenzo, además de la excursión llamada Movitrack que hace por tierra un recorrido en paralelo al Tren a las Nubes.
Esta excursión –igual que el tren– tiene como destino final el pueblo
de San Antonio de los Cobres, que es la siguiente parada de este
periplo. Por eso, quienes no tengan auto propio pueden tomar cualquiera
de estas dos excursiones y bajarse en San Antonio a pasar una noche (en
ambos casos se debe pagar la excursión completa).A San Antonio de los Cobres se llega por la RN 51 –70 por ciento pavimentada– en unas cuatro horas desde Salta. Al costado del camino aparecen caseríos extraviados en medio de la nada, con apenas unas casas de adobe con techo de paja. Unos llamativos corrales pircados forman cuadrículas en medio de la inmensidad arenosa, donde cada tanto aparece algún pastor de poncho rojo y sombrero ovejón arreando un tropel de chivos.
Junto a la ruta se ven algunos pequeños cementerios cercados por un muro de adobe, tras el cual sobresalen coloridas cruces decoradas con flores. Más adelante las tropillas de llamas le dan vida al paisaje de pastos ralos doblados por el viento. Hasta que en la lejanía se vislumbra el pueblo de San Antonio de los Cobres, apechugado en medio de un valle protector con cumbres que sobrepasan los 6500 metros. Es el comienzo de la altiplanicie de la Puna, un cambio de dimensión.
En San Antonio de los Cobres lo ideal es dormir una noche para no hacer tan largo el viaje hacia Tolar Grande, un pueblo todavía poco conocido con sólo 150 habitantes, donde están los paisajes más espectaculares de la Puna salteña.
Tolar Grande es una de las perlas escondidas de la Puna, el único lugar de esta gira a donde se requiere una camioneta 4x4 para llegar, especialmente en verano, época de lluvias. Pero quienes vayan con auto común pueden dejarlo estacionado y contratar una excursión de dos noches que la municipalidad de Tolar Grande ofrece como paquete completo desde San Antonio de los Cobres. El precio es de $ 800 por persona en base doble e incluye traslados, alojamiento en casa de familia, cinco comidas, desayuno y excursiones a Ojos de Mar, El Arenal y el espectacular Cono de Arita, una pirámide casi perfecta de origen natural. Se puede reservar en: www.tolargrande.gov.ar Tel.: 0387-155-332-912.
Luego de dos días en Tolar Grande hay que desandar el camino hasta San Antonio de los Cobres para retomar la Ruta 40 hacia el norte –de ripio en este tramo– rumbo a las Salinas Grandes, compartida por Salta y Jujuy.
Al acercarnos a las salinas la ruta se convierte en una recta larguísima que divide por la mitad ese “mar blanco” que asemejan las Salinas Grandes. La llegada es deslumbrante. Allí no hay un solo arbusto, ni una rama seca, ni vestigio aparente de vida. Es una planicie perfecta donde sólo se vislumbra un suelo liso y radiante, con resquebrajamientos en forma de pentágono que se reproducen con la exactitud matemática de una telaraña. La única excepción son unos misteriosos conos de sal –en realidad, acumulados por los trabajadores de la salina–, y unos piletones naturales de forma rectangular llenos de agua. Y difícilmente otro paisaje norteño pueda transmitir mejor la idea de la nada más absoluta.
El siguiente destino del viaje es el pueblo de Purmamarca, aunque al dejar atrás la salina se puede hacer primero un desvío a la izquierda en la ruta 52 para visitar el pintoresco pueblito de Susques, un trayecto totalmente pavimentado. Al llegar a Susques –a 3896 metros de altura y al fondo de una pequeña hoya rodeada de mesetas– se descubre un pueblito con calles de tierra y casas de adobe que al mediodía parece desierto. El atractivo principal de este pueblo de un millar de habitantes es su pequeña iglesia de adobe del siglo XVI. La iglesia Nuestra Señora de Belén de Susques tiene un muro perimetral con un arco de entrada que, al igual que los techos de la iglesia, está cubierto con una torta de arcilla y paja. Por dentro, tiene vigas de cardón unidas con tientos de llama y piso de tierra. En Susques se puede dormir o desandar el camino hasta el cruce con la Ruta 40 y seguir por la misma 52 hasta el pueblo de Purmamarca, recorriendo los caracoleos de la espectacular Cuesta de Lipán, totalmente asfaltada.
En Purmamarca está el famoso arco iris de piedra del Cerro de Siete Colores, con sus zigzagueantes franjas de minerales. Sus callecitas de tierra suben a la montaña y las casas de adobe parecen brotar de la tierra. A simple vista pareciera que el tiempo no roza este pueblo fundado en 1594, que mantiene mejor que ningún otro su arquitectura colonial. Unas veinte manzanas se arremolinan alrededor de una plaza con un cabildo y una iglesia, cuya fecha de construcción está cincelada en el dintel de madera de la entrada: 1648.
Luego de una noche en Purmamarca se toma la RN 9 que recorre la Quebrada de Humahuaca, pasando por el cerro Paleta del Pintor en Maimará hasta llegar al pueblo de Tilcara, famoso por su pukará. En Tilcara hay muy buenas peñas folclóricas y variedad de posadas y hosterías, así que se justifica dormir allí o si no seguir viaje hasta la ciudad de Humahuaca, a una hora y media de viaje.
Humahuaca es casi una ciudad cuyas callecitas empedradas se van iluminando al atardecer con los faroles coloniales de hierro forjado clavados en las paredes de adobe. También es la sede principal del famoso Carnaval de la Quebrada, y quien no venga para esa fecha igual puede tener un acercamiento a esa fiesta visitando el Museo Folklórico Regional, con una muestra de instrumentos y disfraces.
Iruya, al final de la ruta
El último tramo de este viaje es hasta el pueblo de Iruya, que si bien está en Salta, se llega desde la Quebrada de Humahuaca hacia el norte.
Al abandonar la famosa Quebrada se acaba el pavimento y comienza un
ripio en muy buen estado, primero por la RN 9 y luego la RP 133. En
total son 70 kilómetros –sólo 52 de ripio–, que también se pueden hacer
en colectivo gracias a la línea diaria que une Humahuaca
con Iruya, si es que uno no quiere poner en riesgo su auto. Hay que
tener en cuenta que al ser el verano la época de lluvias –suelen ser
lluvias cortas– a veces el camino se corta por unas horas justo llegando
a Iruya, ya que lo cruza un arroyito. Y con mala suerte uno puede
quedar varado dentro del pueblo a lo sumo un día en Iruya sin poder
salir. Pero eso no es impedimento para el viaje.El camino a Iruya sube hasta los 4000 metros en el Abra del Cóndor, justo el límite entre Salta y Jujuy. Entonces la ruta comienza a bajar en zigzag mientras se encienden los colores vivos de los cerros y tras la ventanilla se ven senderitos que trazan líneas diagonales en la montaña. A lo lejos proliferan pircas rectangulares y circulares, y aparecen manadas de llamas, cabras y ovejas con su pastorcito atrás.
Hasta Iruya desde el abra son 19 deslumbrantes kilómetros bajando a los 2800 metros, la altura del pueblo. Al costado de la ruta también baja el río Colanzulí, mientras Iruya se hace desear. Después de cada curva el viajero espera encontrarse la famosa iglesita de 1753, pero siempre falta una vuelta más. Hasta que aparece, iluminada por el sol, en la parte baja de un valle muy cerrado, una especie de anfiteatro descomunal con gradas multicolores
Datos útiles
- Una de las cuestiones que tiran atrás a algunos viajeros es el clima
veraniego en el noroeste. Desde ya que otras estaciones son más
agradables, pero hay que tener en cuenta también que, salvo la capital
tucumana, los lugares propuestos en esta nota son todos elevados y
además secos, es decir que en la noche refresca mucho y durante el día
la falta de humedad hace el calor mucho más llevadero.- En el noroeste el alquiler de una camioneta 4x4 cuesta entre $ 600 y 700 por día. Un auto común cuesta desde $ 480 por día.
- La época de lluvia no impide para nada este viaje, pero hay que tener en cuenta que Defensa Civil –que tiene un fuerte trabajo de control en la zona y permanentemente arregla los caminos con máquinas después de cada lluvia– a veces corta el tránsito durante las lluvias en prevención de derrumbes o porque algún arroyito que baja de la montaña está muy cargado. Pero suelen ser cortes de pocas horas y uno puede estar informado todo el tiempo llamando al 911, que deriva los llamados a las oficinas de vialidad de Salta.
Fuente: Página 12 Turismo
Tafí del Valle. De villa veraniega a ícono del turismo
Qué paradoja: Tafí del Valle crece mientras pasa el tiempo, en un lugar donde el tiempo parece no pasar nunca. Ahí está la magia de este pueblo enclavado entre montañas de la cadena del Aconquija que por momentos pareciera resistirse a abandonar el traje de villa veraniega, la misma que todavía guarda en su tierra el misterio cautivante de su cultura aborigen: pircas de piedra, construcciones de adobe y paja, artesanías en cerámica y la técnica agrícola cuyas huellas se advierten en las terrazas de cultivos, para ponerse el que mejor le calza: ser un ícono del turismo nacional e internacional durante los 365 días del año.
Sus productos artesanales, sus comidas típicas, sus 26 grados promedio de temperatura máxima durante el verano, sus paisajes deslumbrantes y sobre todo, la idiosincrasia de un pueblo pujante, repleto de sueños e ilusiones y dispuesto a someterse a la era de la globalización, pero a veces ajeno a los avances tecnológicos y culturales, convierten a la zona en una suerte de «isla exclusiva» en el norte argentino.
A diferencia de lo que sucede con tantos destinos pensados más en función de un negocio rentable que en la preservación y puesta en valor de lo autóctono, aquí todo tiene el sello local. Desde la gastronomía, muy cuidada para que la alta cocina no opaque las costumbres y raíces del lugar, hasta el involucramiento del lugareño en toda la oferta turística.
Expulsados los jesuitas de estas tierras por orden del rey Carlos III, el valle se dividió en estancias. Hoy los dueños de las mismas -cuarta generación de una familia que hasta hace poco se dedicaba a la producción agrícola ganadera- adaptaron la fincas a las necesidades de gente que llega desde los lugares más remotos en busca de experiencias distintas. Lo llamativo es que tanto guías como queseros, mozos, recolectores agrícolas y demás personal abocado a las tareas del campo hace tres o cuatro generaciones que están allí. Y todos conviven como en los viejos tiempos, en familia. Algunos ejemplos de estancias son Las Carreras, Las Tacanas y Los Cuartos.
Abra del Infiernillo
Un programa aparte y que demanda poco tiempo es subir hasta el Abra del Infiernillo, que en su cima regala la mejor vista de Tafí del Valle. Si uno llega en auto, la presencia de cardones indica la proximidad de Amaicha del Valle, donde aseguran que el sol brilla 360 días al año. De ser necesario parar a cargar nafta en Amaicha,
el mejor consejo es estacionar el auto y perder -o ganar, depende de
cómo se mida- dos horas. La estación de servicio, con la fachada
construida totalmente en piedra de la zona, constituye un atractivo en
sí mismo. Hay un puesto ambulante con productos comestibles regionales.
Matambrito tiernizado al escabeche, pasta de habas, cabrito con
especias, quinoa o dulces en sus diferentes versiones a precios
accesibles (dos frascos grandes a elección, más uno chico a $ 25). Pero
lo mejor pasa por el Museo de la Pachamama, una espectacular obra que
rinde homenaje a la madre tierra a través del trabajo de cientos de
artesanos.Otra vez en el camino, hay que recorrer 22 kilómetros para llegar a las Ruinas de Quilmes, consideradas uno de los asentamientos indígenas más importantes del país. La reconstrucción parcial de la antigua ciudadela deja ver que la población estaba asentada en una suerte de anfiteatro natural a 2.000 metros de altura. Caminar entre pircas e inmensos cardones (crecen no más de un centímetro y medio por año y algunos superan los diez metros de altura) hasta llegar a una altura considerable permite imaginar cómo vivían los indios Quilmes hace más de 2.800 años.
Fuente: Ambito
Piedras sagradas de los Quilmes
Cada verano montones de visitantes llegan a la Ciudad Sagrada de los quilmes, que saben de voces embravecidas mucho más que del silencio que hoy las habita. Ubicado en el Cordón Calchaquí, a sólo 183 kilómetros de San Miguel de Tucumán, el predio donde están estas ruinas, uno de los yacimientos arqueológicos más relevantes y de mayor extensión en el país, es apenas uno de los tantos tesoros ancestrales que se preservan en el NOA. Si bien no es lo más promocionado a nivel turístico en la provincia, donde prevalece la visita a San Miguel, emblema de la Independencia, y a villas veraniegas como lo son Tafí y la bucólica Amaicha del Valle, este asentamiento preincaico y prehispánico testimonia la vida de las comunidades originarias. Su estructura urbanística, con muros aterrazados y escalonados como grandes piezas de dominó, permiten imaginar de inmediato los techos de paja y barro que ya no están y las tareas cotidianas de quienes habitaron este sitio: los hombres llevando animales y mujeres utilizando los morteros que yacen a la vista, junto a familias moviéndose de arriba para abajo y viceversa. Toda una sociedad que comenzó su establecimiento en la región por el año 800, y hacia fines del siglo XVII fue cruelmente desarraigada de su tierra, tras 130 años de una resistencia emblemática.
Lucha y desarraigo
Si bien hay datos de existencia del hombre en estos Valles Calchaquíes
desde hace 9000 años, en esas épocas remotas eran nómades que se
dedicaban a la caza y a la pesca. Poco a poco empezaron a asentarse, a
producir alimentos, domesticar animales, fabricar herramientas y
desarrollarse culturalmente. Con el tiempo fueron naciendo las etnias
que hoy conocemos como amaichas, tafíes, cafayates, angastacos,
ceclantás, andalgualas y quilmes,
entre otros. Recién a fines del siglo XV el poderoso imperio Inca entró
en la región, y se extendió desde el Ecuador hasta la actual provincia
de Mendoza, tras años de lucha donde lograron imponer algunas de sus
costumbres, entre ellas el uso del idioma quechua. La cultura
diaguita-calchaquí ya estaba en pleno desarrollo en 1536, cuando
comienzan a llegar los primeros españoles, que habían doblegado a los
incas del Perú. Aunque inicialmente no parecían ofensivos, al pasar a
segundo plano la fiebre del oro, los conquistadores pusieron la mira en
ocupar territorios y someter a sus habitantes para contar con importante
fuerza de trabajo. Pero los quilmes
tenían un alto entrenamiento producto de enfrentamientos con tribus
vecinas, y algunos aseguran que disponían de un ejército de cientos de
hombres, además de una posición en el cerro que les daba ventaja frente a
los invasores. Relatos de aquel tiempo describen a sus tres líderes, y
las luchas frente a los españoles no sólo en la ciudad fortificada sino
que también tierra adentro, con victorias célebres al mando del cacique
Iquim, sucesor del cacique Chelemín, y éste del gran Calchaquí. Pero la
inteligencia española entendió que las armas no podrían solas, y con una
sistemática destrucción y aislamiento de sus cultivos, y la falta de
acceso a los bosques de caza y recolección, los vencieron más por hambre
y sed que por la fuerza militar. “No se sabe si ocurrió realmente, pero
leyenda o no, por el orgullo que los caracterizaba es muy creíble
aquello de que algunas madres prefirieron arrojar sus niños al
precipicio antes que entregarlos a las manos españolas”, cuenta David,
guía local y descendiente de los viejos pobladores, sobre uno de los
mitos más dramáticos de la conquista. Este último bastión de la
resistencia aborigen sufrió tras la derrota un cruel desarraigo hacia
varios puntos del país (La Rioja, Catamarca, Córdoba y Santa Fe) y hacia
las minas de Bolivia, donde fueron utilizados como esclavos. La comarca
más grande partió hacia la actual ciudad de Quilmes, en Buenos Aires,
a donde se los envió caminando bajo custodia militar, llegando apenas
unas centenas de ellos, que se asentaron en 1812 en la Reducción de la
Exaltación de la Santa Cruz, pagando con su trabajo el derecho a
subsistir. A quienes no mató la batalla o la interminable caminata, lo
hizo el exilio: eso implicaba la lejanía de su tierra, la pérdida de sus
dioses y la imposibilidad de aplicar sus modos productivos, sumado a
una repentina incomunicación con los nuevos vecinos que compartían otros
idiomas. Hay relatos jesuitas que hablan de sus “costumbres
licenciosas”, mientras un documento español relata una decisión de los quilmes
de no reproducirse, en rechazo a sus nuevas condiciones de vida. La
Iglesia los calificó como “indios ociosos y miserables”, y pidió que se
declarara su extinción y se repartiera la tierra entre españoles y
algunos criollos, pero el Triunvirato dictó un decreto declarando libre a
toda clase de personas de su pueblo, sólo respetándoles los terrenos
que ocupaban. Su cultura se fue desangrando, y con los años perdieron su
lengua y prácticamente se desintegraron como etnia. Hasta la fecha no
se han encontrado en Buenos Aires personas que se reconozcan descendientes de los que fueron llevados por la fuerza.
En la fortaleza
Llega la camioneta que nos traslada y tras un bono de $5 que se gira a
la comunidad, David se autopresenta. Su sonrisa se abre paso en una cara
curtida por el sol de estos cerros. El, y algunos de los que nos
reciben aquí, viven detrás del cerro Alto Rey, donde actualmente se
asienta una generación de los pocos descendientes locales. Ese monte de
piedra y cardones es justamente una insignia de su historia: desde allí
el centinela avistaba la aproximación del enemigo a varios kilómetros.
“Nosotros contamos nuestra historia, la de nuestro pueblo, vencido
finalmente en 1666, pero que dejó uno de los recuerdos de lucha más
importantes del continente”, asegura. Y vaya si lo fue. En su época de
esplendor los quilmes
llegaron a ser una de las poblaciones más importantes de la gran nación
calchaquí, con gran desarrollo social y económico. Hacia el siglo XVII
había en el “área urbana” más de 3000 habitantes, y se calcula que otros
10.000 se movían en los alrededores. La ciudad estaba concebida como
una verdadera fortaleza con férrea organización social, posición
geográfica dominante y preparación humana: aún hoy se ven las
lajas-escudo clavadas en la tierra camino arriba, que ofrecían un
resguardo infranqueable ante el atacante. Su ciudad se dividía en dos
partes: La Ciudad de la Paz, zona productiva donde convivían en épocas
tranquilas; y El Pucará o fortaleza, donde se protegían en tiempos de
guerra. Esta segunda es lo que se conoce como “las Ruinas de los Quilmes”,
apenas un 10 por ciento de lo que fue su totalidad y donde llegamos los
que venimos a visitarlos. Ese tramo reconstruido alcanza para ver de
cerca los morteros para moler los granos y las herramientas para
trabajar la tierra, mientras en las cercanías otros descendientes
ofrecen cerámicas y dibujos de animales en cardón como recuerdos. El
mayor atractivo claro, es escalar, pisar con los propios pies los
senderos que se abren camino arriba. Desde allí, la falda del cerro
ofrece imágenes de un complejo laberinto de cuadrículas, algunas
pequeñas y cuadradas, otras más deformadas y de hasta 70 metros de
largo, y también algunas estructuras circulares, donde se compartían
experiencias. Mientras, en la cima del Alto Rey, la zona “residencial”
tiene una muralla con dos fortines a ambos costados, casi sobre la
cornisa. Cuenta David que en este lugar vivía el cacique (estas culturas
también tenían su verticalismo, y los escalafones de importancia se
medían de abajo para arriba) que observaba la ciudad como un escenario.
Ese perfecto laberinto de piedras servía además como andenes de cultivo,
depósitos y corrales para sus animales. Hacia abajo, cada nivel de piso
de una casa, se alineaba con el techo de la siguiente, hasta llegar a
la base, donde las familias y grupos de trabajadores más humildes
compartían el hogar.
La descendencia
Pese a que oficialmente la zona fue restaurada en 1977 mediante un convenio del gobierno de Tucumán con la Universidad de Buenos Aires y con algunos descendientes quilmes,
muchos guías y expertos creen que fue un error grave, algo hecho al tun
tun, porque “se armó sobre todo para los turistas, levantando las
pircas, pero destruyendo información valiosísima, que podría haberse
conservado con un trabajo arqueológico responsable”, afirman. Pero eso
no fue todo: en 1992, los locales literalmente estallaron cuando una
concesión permitió a un privado la explotación turística del lugar, y
montó un complejo turístico con hospedaje, pileta y museo sobre ese
suelo. Después de años de quejas y cortes de la Ruta 40, lograron
imponerse y ya en 2008 un decreto reivindicó su legado ancestral. Por
eso hoy las tierras se mantienen bajo la tutela de un consejo de
ancianos, elegido por los nativos y la comunidad, y tienen un
representante en Amaicha que administra los servicios públicos. De
manera muy significativa, detrás del emblemático Alto Rey crece el
asentamiento con descendientes de aquellos guerreros que pudieron
escapar. Este nuevo pueblo, con unas decenas de familias en casas de
adobe y ladrillo, son esencialmente artesanos, agricultores y
trabajadores de las ruinas y Amaicha. Entre sus logros han publicado el
libro Los quilmes
contamos nuestra historia, que relata el genocidio, la negación de la
preexistencia originaria y la expropiación de sus territorios. Ya sobre
el cierre de la visita, David nos informa que aquí existe el derecho
comunero, que se adquiere a la mayoría de edad o en matrimonio. Esto
implica un espacio de tierra en la comunidad para trabajarlo que se
solicita al consejo de ancianos.Fuente: Página 12 Turismo
La Casa de Tucumán con más luz y sonido
La locación en la que se declaró la Independencia del país es un atractivo en sí mismo, y desde esta semana contará con una interesantísima representación, brindis incluido.
El espectáculo de luz y sonido de la Casa Histórica de Tucumán incorporará una serie de atractivos, por primera vez, la función que engalana y revive la independencia de nuestro país, se realizará en el horario de las 21 e incorporará actores caracterizados como personajes de época.
El recorrido por la casa, que supo ser de doña Francisca Bazán de Laguna, se nutrirá con la guía de los actores que transportarán a 1816 a los visitantes. Además, al finalizar el espectáculo se realizará un brindis, con champán para los adultos y gaseosa para los más chicos, y todos partirán con una fotografía como recuerdo de su paso por la "casita" de Tucumán.
Las funciones serán de lunes a lunes y en caso de superar la capacidad máxima, de 120 personas, se habilitará una segunda función a las 22. El costo de la entrada es de $ 24 para adultos y $ 12 para menores de 12 años y jubilados (con carnet).
La venta de los tickets se realiza en el Ente Tucumán Turismo, de 9 a 13, y en agencias de viajes receptivas.
Fuente: Los Andes Online
Tafí del valle, cielito tucumano
Un paseo de 4 días por los Valles Calchaquíes, un imperdible para el pronto feriado.
El calendario del fin de semana largo de mayo, del 22 al 25 y la magnitud de los festejos del Bicentenario de la Revolución de Mayo, favorecen a la localidad tucumana de Tafí del Valle que, preparándose para la siempre atractiva temporada invernal, brinda un adelanto de lo que encontrarán en el portal de los valles Calchaquíes cuando lleguen las vacaciones de invierno.
El relax que sugieren los imponentes paisajes serranos se combinará con la interminable sucesión de actividades que tendrán a su disposición quienes elijan sacudirse de una vez la agobiante rutina, cambiándola por caminatas, cabalgatas, paseos en bicicleta o simples paseos de contemplación de la naturaleza o de la rica historia que encierran los cerros tucumanos, cuna de una de las más destacadas civilizaciones precolombinas que florecieron en esta parte de América, autores de legados como los enigmáticos menhires, que cubren una buena parte del valle.
Tafí, emplazada a la vera del manso lago del dique La Angostura, puede ser utilizada como "base de operaciones" por quienes quieran conocer, con viajes cortos, otros destinos que componen el menú turístico de esa paradisíaca porción del territorio argentino.
La Ruta 307, espina dorsal del recorrido, conduce a los viajeros inquietos hacia Ampimpa, destino obligado de los aficionados a la astronomía, que por su aire libre de contaminación y diáfano cielo, fue elegido para emplazar el observatorio más famoso del Noroeste.
Luego de pasar por El Infiernillo, el punto más alto de la red caminera de Tucumán, el domo del telescopio abre el camino hacia Amaicha, localidad mundialmente famosa por las bondadosas condiciones de su microclima.
La villa, con una fuerte raigambre indígena, es el hogar de la Pachamama, cuya fiesta, en Carnaval, se remonta a épocas ancestrales. Además, está rodeada por algunos atractivos adicionales para quienes gustan de descubrir tesoros ocultos de la naturaleza.
A poco andar, luego de conocer el pueblo de Los Sazos y sus laberínticas y curiosas calles de una mano, quienes se atrevan a remontar el canal que alimenta el pequeño dique de esa localidad se encontrarán con La Cascada, un inhóspito oasis en medio del pedregal, donde una serie de saltos de agua que parece brotar de la roca misma, seduce con su encanto y frescura a los siempre admirados exploradores.
Siguiendo el derrotero de los misterios del valle Calchaquí, aparece Colalao del Valle. Enmarcada por el imponente paisaje y encerrada entre dos pintorescos ríos de montaña, la pequeña ciudad es un oasis de paz que promete relajamiento a toda prueba para quienes busquen compenetrarse con el parsimonioso estilo de vida vallista.
Embebida de historia, la comuna invita a los visitantes a conocer su cotidiana historia, lo que equivale poco menos que a retroceder en el tiempo a cada paso, desandando el camino hacia El Antigal, el último resabio aborigen que da nombre a uno de los festivales más característicos del valle.
Claro que no hace falta alejarse de Tafí para encontrar esas mil cosas que hacen que los visitantes regresen una y otra vez a Tucumán. Desde la comodidad que ofrece el variado menú de alojamientos, hasta la seductora gastronomía de nivel internacional pero con irresistibles toques comarcanos, todo contribuirá a que esos cuatro días a mediados de mayo terminen siendo algo cortos para el gusto del visitante.
El sabor local
La gastronomía tiene su sello propio en estos parajes, es de recomendar el locro, el huaschalocro, el tamal, la humita, la chanfaina, el charqui, el charquicillo, el puchero criollo, el estofado agridulce con pelones, los huevos quimbos, la cuajada, los biscochos criollos, el dulce de leche, el arroz con leche y los gaznates, confitura propia y única de los valles Calchaquíes.
En Tafí, merecen un párrafo especial los quesos, herencia jesuítica que aún puede disfrutarse con su receta de elaboración original en la estancia Los Cuartos. Pero cada casco de los que adornan con su parsimoniosa arquitectura las estribaciones serranas tiene su propia cocina quesera, constituyendo su preparación una tradición insuperable, tanto que dio pie al famoso Festival del Queso, que cada año concita la atención de miles de visitantes de todas latitudes.
Deportes de náuticos y de aventura, excursiones de pesca en el lago, ferias artesanales y una bien poblada agenda cultural completan el menú en base al cual Tafí del Valle lanza, para los días 22; 23; 24 y 25 de mayo su invitación a vivir una semana en celeste y blanco, en la casa de las nubes, muy cerca del cielito tucumano.
Fuente: Los andes Online
http://www.losandes.com.ar/notas/2010/5/9/turismo-488583.asp
Tucumán para cantarle a la luna
El calendario de los dos días feriados de mayo (24 y 25), y la magnitud de los festejos del Bicentenario de la Revolución de Mayo, favoreció a la localidad tucumana de Tafí del Valle que, preparándose para la siempre atractiva temporada invernal, podrá ofrecer a los turistas un sabroso adelanto de lo que encontrarán en el portal de los valles Calchaquíes cuando lleguen las vacaciones de invierno.
El relax que sugieren los imponentes paisajes serranos se combinará con la interminable sucesión de actividades que tendrán a su disposición quienes elijan sacudirse de una vez la agobiante rutina de ciudad, cambiándola por caminatas, cabalgatas, paseos en bicicleta o simples paseos de contemplación de la naturaleza o de la rica historia que encierran los cerros tucumanos, cuna de una de las más destacadas civilizaciones precolombinas que florecieron en esta parte de América, autores de legados como los enigmáticos menhires, que cubren una buena parte del valle.
Asimismo la ciudad, emplazada a la vera del manso lago del dique La Angostura, puede ser utilizada como "base de operaciones" por quienes quieran conocer, con viajes cortos, otros destinos que componen el menú turístico de esa paradisíaca porción del territorio argentino. La ruta 307, espina dorsal del recorrido, conducirá a los viajeros inquietos hacia Ampimpa, destino obligado de los aficionados a la astronomía, que por su aire libre de contaminación y diáfano cielo, fue elegido para emplazar el observatorio más famoso del Noroeste.
El Infiernillo
Luego de pasar por El Infiernillo, el punto más alto de la red caminera de Tucumán, el domo del telescopio abrirá el camino hacia Amaicha, localidad mundialmente famosa por las bondadosas condiciones de su microclima. La villa, con una fuerte raigambre indígena, es el hogar de la Pachamama, cuya fiesta, en Carnaval, se remonta a épocas ancestrales.
Además, está rodeada por algunos atractivos adicionales para quienes gustan de descubrir tesoros ocultos de la naturaleza. A poco andar, luego de conocer el pueblo de Los Sazos y sus laberínticas y curiosas calles de una mano, quienes se atrevan a remontar el canal que alimenta el pequeño dique de esa localidad se encontrarán con La Cascada, un inhóspito oasis en medio del pedregal, donde una serie de saltos de agua que parece brotar de la roca misma, seduce con su encanto y frescura a los siempre admirados exploradores.
Siguiendo el derrotero que se adentra en los misterios del valle Calchaquí, aparece Colalao del Valle. Enmarcada por el imponente paisaje y encerrada entre dos pintorescos ríos de montaña, la pequeña ciudad es un oasis de paz que promete relajamiento a toda prueba para quienes busquen compenetrarse con el parsimonioso estilo de vida vallista. Embebida de historia, la comuna invita a los visitantes a conocer su cotidiana historia, lo que equivale poco menos que a retroceder en el tiempo a cada paso, desandando el camino hacia El Antigal, el último resabio aborigen que da nombre a uno de los festivales más característicos del valle.
Mil excusas para volver
Claro que no hace falta alejarse de Tafí para encontrar esas mil cosas que hacen que los visitantes regresen una y otra vez a Tucumán. Desde la comodidad que ofrece el variado menú de alojamientos, hasta la seductora gastronomía de nivel internacional pero con irresistibles toques comarcanos, todo contribuirá a que esos cuatro días a mediados de mayo terminen siendo algo cortos para el gusto del visitante, más aún teniendo en cuenta la amplia gama de actividades y espectáculos que prepara el Ente Tucumán Turismo para esa oportunidad.
Alojamiento en Tafí del Valle
Cabañas, estancias, campings, hospedajes, hostales, hoteles, hosterías y posadas componen un abanico abierto a todos los gustos y a disposición de todos los bolsillos.
Y cuando las excursiones, cabalgatas o paseos en bicicleta hayan abierto el apetito, la nómina de comodidades se ampliará con bares y restaurantes para todos los gustos, aunque recomendando siempre el exquisito locro, el huaschalocro, el tamal, la humita, la chanfaina, el charqui, el charquicillo, el puchero criollo, el estofado agridulce con pelones, los huevos quimbos, la cuajada, los biscochos criollos, el dulce de leche, el arroz con leche y los gaznates, confitura propia y única de los valles Calchaquíes.
Manjares
En Tafí, merecen un párrafo especial los quesos, herencia jesuítica que aún puede disfrutarse con su receta de elaboración original en la estancia Los Cuartos. Pero cada casco de los que adornan con su parsimoniosa arquitectura las estribaciones serranas tiene su propia cocina quesera, constituyendo su preparación una tradición insuperable, tanto que dio pie al famoso y sabroso Festival del Queso, que cada año concita la atención de miles de visitantes de todas latitudes.
Numerosos deportes náuticos y de aventura, excursiones de pesca en el lago, ferias artesanales y una bien poblada agenda cultural completan el menú en base al cual la ciudad de Tafí del Valle lanza, para los días 22, 23, 24 y 25 de mayo su invitación a todo el país: vivir una semana en celeste y blanco, en la casa de las nubes, muy cerca del cielito tucumano.
Cómo llegar
Desde San Miguel de Tucumán, recorriendo unos 50 kilómetros por la ruta nacional 38, hoy autopista, hasta Acheral, pueblo en el que Atahualpa Yupanqui solía iniciar sus legendarias cabalgatas hacia el valle, las mismas que inspiraron la famosa zamba "Luna Tucumana" (Hoy en Acheral se puede visitar el museo "Atahualpa Yupanqui").
Desde allí se empalma con la ruta provincial 307 que sube al cerro siguiendo el derrotero del río Los Sosa. El camino ofrece paisajes de inigualable belleza y puntos de interés como el Monumento al Indio y los miradores, desde donde se puede admirar la fértil llanura del este tucumano, tapizada en esta época de caña de azúcar.
Otros caminos alternativos son el desvío por Famaillá, para tomar la ruta Interpueblos, internándose en la profusa vegetación pedemontana y, para quienes acceden directamente desde el sur por la 38, el acceso a Monteros, pasando por el pintoresco pueblo de Soldado Maldonado y la localidad de Santa Lucía hasta empalmar con la 307.
Fuente: La Capital
http://www.lacapital.com.ar/ed_turismo/2010/5/edicion_79/contenidos/noticia_5321.html
Cabalgatas en Tafí del Valle
A 90 minutos de la capital, pero con temperaturas significativamente menores en verano (23°C contra los sofocantes 40°C en la city), Tafí del Valle es el centro turístico más importante de la provincia, aunque tiene una población estable de siete mil habitantes (a no confundir: los de aquí son tafinistos; taficeños son los pobladores de Tafí Viejo).
Algunos lo llaman la Punta del Este del Norte, por ser un destino VIP de verano, mientras otros lo conocen como el Stonehenge argentino por sus piezas graníticas, los menhires (palabra de origen celta que significa piedra larga), esculpidas por los aborígenes y reunidas actualmente en la localidad vecina de El Mollar. Y son muchos más los que lo asocian con las cabalgatas en los cerros y las vistas espectaculares que regalan estos paseos.
Tafí estuvo en poder de los jesuitas durante la primera mitad del siglo XVIII; varios cascos tricentenarios así lo atestiguan. Las Carreras es uno de ellos, ampliado y reciclado para recibir turistas, pero con la esencia intacta de la historia. Es ideal para disfrutar la vida de estancia, desde participar del ordeño hasta de la cosecha de la papa, aunque también se puede tomar un té inolvidable. Y de paso, probar las cinco variedades de queso (natural, con ají, con páprika, con orégano y con pimienta negra), elaboradas en la misma estancia según la técnica manchega.
Además de los quesos, la villa también es famosa por la cantidad de deportes que allí se practican, aunque lo que más sale son las cabalgatas. Jerónimo Critto organiza paseos por los cerros de medio día, todo el día o más, para los más entrenados. Como broche final, en El Puesto (ranchos de adobe y techos de paja que justamente eran antiguos puestos de estancia), hay empanadas caseras para todos, jugosas y bien tucumanas.
De la selva de yungas a la aridez de los Valles Calchaquíes en cuestión de segundos
La combi parte a la mañana desde San Javier. Llueve, pero hace calor. El paisaje de cornisa es mucho más imponente que el de la curva anterior, pero pobre si se lo compara con el que se observa un kilómetro más arriba, y en la medida en que se asciende no hay cámara fotográfica que pueda registrar tanta magia. Molles, lapachos, tipas, laureles, jacarandás, orquídeas y bromelas envuelven senderos sinuosos que se desdibujan en la niebla.
De pronto no se ve absolutamente nada. Un manto gris cubre el camino y el chofer maneja casi por inercia. La camioneta parece flotar entre nubes y no hay nada más que hacer que adivinar el precipicio y resistir al apunamiento que cada vez es más persistente. El guía explica que se trata de la nuboselva; así se conoce vulgarmente al circuito de yungas por la abundante humedad producto de las intensas lluvias, con un promedio anual de 2.500 milímetros.
En cuestión de segundos, y como si uno despertara de un sueño, el cielo se despeja, el sol asoma entre los cerros, pega fuerte y no hay una sola nube, pero ya no hace calor. Los verdes yo no lucen tan verdes. Y no hay humedad; ahora el clima es seco y semiárido y el promedio de precipitaciones es de entre 80 y 120 milímetros en el año. No serían datos menores si no fuera porque toda la atención está centrada en el paisaje, que sigue siendo mágico. Diferente, pero igual de mágico. La presencia del cerro El Pelao y del dique La Angostura delatan la cercanía de Tafí del Valle. Ahí es donde uno entiende que la frase «Tucumán, tierra de contrastes» no fue sólo pensada para vender en un simple folleto. Es literal. Más si se trata de la puerta de entrada a los Valles Calchaquíes.
De villa veraniega a ícono del turismo
Qué paradoja: crecer mientras pasa el tiempo, en donde el tiempo parece no haber pasado jamás. Ahí está la magia de Tafí del Valle, este pueblo enclavado entre montañas de la cadena del Aconquija que por momentos pareciera resistirse a abandonar el traje de villa veraniega, la misma que todavía guarda en su tierra el misterio cautivante de su cultura aborigen: pircas de piedra, construcciones de adobe y paja, artesanías en cerámica y la técnica agrícola cuyas huellas se advierten en las terrazas de cultivos, para ponerse el que mejor le calza: ser un ícono del turismo nacional e internacional durante los 365 días del año.
Sus productos artesanales, sus comidas típicas, sus 26 grados promedio de temperatura máxima durante el verano, sus paisajes deslumbrantes y sobre todo, la idiosincrasia de un pueblo pujante, repleto de sueños e ilusiones y dispuesto a someterse a la era de la globalización, pero a veces ajeno a los avances tecnológicos y culturales, convierten a la zona en una suerte de «isla exclusiva» en el norte argentino.
A diferencia de lo que sucede con tantos destinos pensados más en función de un negocio rentable que en la preservación y puesta en valor de lo autóctono, aquí todo tiene el sello local. Desde la gastronomía, muy cuidada para que la alta cocina no opaque las costumbres y raíces del lugar, hasta el involucramiento del lugareño en toda la oferta turística.
Expulsados los jesuitas de estas tierras por orden del rey Carlos III, el valle se dividió en estancias. Hoy los dueños de estancias -cuarta generación de una familia que hasta hace poco se dedicaba a la producción agrícola-ganadera- adaptaron la finca a las necesidades de gente que llega desde los lugares más remotos en busca de experiencias distintas. Lo llamativo es que tanto guías como queseros, mozos, recolectores agrícolas y demás personal abocado a las tareas del campo hace tres o cuatro generaciones que están allí. Y todos conviven como en los viejos tiempos, en familia. Algunos ejemplos son Las Carreras, Las Tacanas y Los Cuartos.
Una vista privilegiada
Un programa aparte y que demanda poco tiempo es subir hasta el Abra del Infiernillo, que en su cima regala la mejor vista de Tafí del Valle. Más adelante, la presencia de cardones indica la proximidad de Amaicha del Valle, donde aseguran que el sol brilla 360 días al año. Si uno para a cargar nafta en Amaicha, el mejor consejo es estacionar el auto y perder -o ganar, depende de cómo se mida- dos horas. La estación de servicio, con la fachada construida totalmente en piedra de la zona, constituye un atractivo en sí mismo. Hay un puesto ambulante con productos comestibles regionales. Matambrito tiernizado al escabeche, pasta de habas, cabrito con especias, quinoa o dulces en sus diferentes versiones a precios accesibles (dos frascos grandes a elección, más uno chico a $ 25). Pero lo mejor pasa por el Museo de la Pachamama, una espectacular obra que rinde homenaje a la madre tierra a través del trabajo de cientos de artesanos.
Otra vez en el camino, hay que recorrer 22 kilómetros para llegar a las Ruinas de Quilmes, considerado uno de los asentamientos indígenas más importantes del país. La reconstrucción parcial de la antigua ciudadela deja ver que la población estaba asentada en una suerte de anfiteatro natural a 2.000 metros de altura. Caminar entre pircas e inmensos cardones (crecen no más de un centímetro y medio por año y algunos superan los diez metros de altura) hasta llegar a una altura considerable permite imaginar cómo vivían los indios Quilmes hace más de 2.800 años.
Arte, gastronomía y aventura con sello local
Queda claro que en Tafí del Valle, la diversidad es el principal protagonista. Un grupo disfruta del arte y la historia en el Museo Jesuítico de la Banda, la antigua estancia de los padres de la Compañía de Jesús, que expone colecciones de objetos indígenas, de la cultura local y pertenecientes a los padres jesuitas. Otros visitan el Museo de Mitos y Leyendas Casa Duende, de singular rareza, que rescata míticos personajes de la cosmovisión indígena. Los extranjeros prefieren alojarse y pasar sus días en las estancias o en los hoteles boutique (imperdible el exclusivo Castillo de Piedra, con su ruta gourmet Alta Argentina a cargo de la chef Soraya). Durante el día contratan excursiones: pescan truchas, participan de la recolección de cultivo, y de la elaboración de quesos y dulces.
Los más aventureros se internan a caballo cerro adentro (algunas empresas que ofrecen el servicio son El Puesto y La Cumbre) hasta alcanzar los tres mil metros de altura sobre el nivel del mar. Hay desde circuitos cortos de un par de horas hasta travesías de dos días que incluyen asado a campo abierto y campamento. La oferta se complementa con trekking, excursiones en 4x4, paseos de compra, donde se destaca la gente de Arte Alter Nativo y Campo del Molino.
«Callejuelas sin fin, casas de barro y paja, caballos que relinchan y horneros que cantan. Hombres están hachando un árbol monte adentro, ya se les hizo la hora porque les llega el invierno», reza el tema «Tafí del Valle», compuesto por el grupo de rock porteño La Zurda.
Como ellos, tantos otros músicos dedicaron poesías a esta singular villa del norte argentino, entre otros, Atahualpa Yupanqui, que, según él mismo relata, pasaba treinta horas cuesta arriba y cuesta abajo en su caballo atravesando tres cerros, algunas quebradas y un largo faldeo. «Jamás fui en automóvil, siempre a caballo, desde Acharal hasta Tafí del Valle», relata el folclorista. A juzgar por la belleza y los atributos del lugar, no hay duda de que aquella travesía valía la pena...
Fuente: Ambito
Tucumán: La Comida de Tafí del Valle
Los platos típicos de Tafí del Valle tienen una acentuada influencia de costumbres indígenas y cierto aporte de las preparaciones españolas, como casi todo el norte argentino.
Las recetas y secretos en la preparación de las comidas se van transmitiendo de generación y generación, y la mayoria aún se preparan en los hogares de los habitantes del Valle.
El queso de Tafí del Valle es reconocido mundialmente, y sus secretos en la elaboración data de generaciones anteriores que transmitieron a los actuales habitantes.
Se puede destacar que todas las antiguas estancias de la zona tenían quesería propia, lo cual indica que verán el símbolo de la estancia de donde el queso fue producido.
En la Estancia Los Cuartos encontramos el único queso que se sigue fabricando con la receta original que dejaron los jesuitas en el siglo XVIII luego de su paso por el Valle.
Entre las comidas típicas encontramos: el locro, el huaschalocro, el tamal, la humita, la chanfaina, el charqui, el charquicillo, el puchero criollo, el estofado con pelones, los huevos quimbos, la cuajada, los biscochos criollos, el dulce de Leche, el arroz con leche, los gaznates, el queso y el quesillo.
Esa música de los valles tucumanos
Desde la capital de Tucumán hasta Tafí del Valle, un mosaico de paisajes, propuestas turísticas y asombrosos testimonios de las culturas originarias.
No en balde se ganó Tucumán, desde antiguo, el título de "Jardín de la República". Su reducida geografía -en la que todo queda cerca- reúne fértiles llanuras, donde verdes mares de caña de azúcar suceden a doradas huertas de limoneros, con montañas que lucen a lo lejos de un plácido azul que se revela intrincada nuboselva al treparlas. Y, detrás de ellas, luminosos valles de altura cercados por cumbres vertiginosas que custodian vestigios de las más antiguas culturas indígenas del país. Tan contrastantes paisajes rodean a la más populosa ciudad del norte argentino, centro geopolítico, económico y cultural de la región.
San Miguel de Tucumán
Para el visitante, la capital provincial es, ante todo, una ciudad histórica en la que han tenido lugar hechos decisivos de la vida nacional, y que guarda orgullosa el recuerdo de ellos en sus monumentos y museos. El más importante es, desde luego, el Museo Histórico Casa de la Independencia, el reconstruido sitio donde, en 1816, un soberano Congreso General Constituyente declaró a las Provincias Unidas de Sudamérica "una nación libre e independiente".
Allí desemboca el Paseo de la Independencia, un recorrido urbano de tres o cuatro cuadras que nace en la Plaza Independencia. Es la principal de la ciudad y en su centro se erige una estatua de la Libertad tallada en mármol por Lola Mora. Alrededor hay edificios significativos como la Casa de Gobierno, la iglesia y convento de San Francisco, la Casa Padilla, el Jockey Club, la Casa Nougués, el Palacio de Hacienda, la Casa Rougés y la iglesia Catedral, inaugurada en 1856 y en la que puede verse la Cruz de la Primera Fundación de San Miguel.
El paseo sigue por calle 24 de Setiembre hasta la iglesia de Nuestra Señora de la Merced, monumento nacional donde se conserva el bastón de mando que Manuel Belgrano usó en la Batalla de Tucumán (1812) y entregó luego a la Virgen en agradecimiento por el triunfo patriota sobre los realistas.
Por calle Congreso se pasa por la Casa de Nicolás Avellaneda, que alberga hoy el Museo Histórico Provincial y el Museo de Arte Sacro para llegar a la cuadra de la Casa de la Independencia, en cuyas esquinas hay dos plazoletas. Una, llamada de los Congresales, es ocupada por artesanos. La otra es un amplio espacio, con paneles que digraman una línea del tiempo que sitúa 1816 en el devenir histórico previo y posterior, y que sirve de escenario, además, de una recreación teatral de la vida cotidiana de Tucumán en la época de la Independencia.
La ciudad posee varios otros lugares llenos de historia, como el Parque 9 de Julio, inaugurado en el Centenario de la Independencia, donde se mantiene en pie la casa del obispo Colombres, congresal de 1816 y fundador de la industria azucarera. Y exhibe además una potente vida cultural en torno a las actividades de las cuatro universidades locales, los cuerpos artísticos estables (orquestas, cuerpos de teatro, ballets), los teatros y salas de exposición de la provincia, de la Municipalidad y de la Universidad Nacional de Tucumán, y los grupos independientes. La oferta gastronómica va desde los platos típicos locales hasta distintas variedades de la cocina internacional. Es notable también la intensidad de la vida nocturna.
Circuito de las Yungas
Algunas de las mayores bellezas naturales que ofrece Tucumán están apenas a un paso de la ciudad.
Tal es el caso del dique El Cadillal, un enorme espejo de agua encajado entre cerros, a sólo 25 kilómetros al nordeste, donde es posible bañarse, navegar y practicar deportes acuáticos. En el lugar se puede acampar, hay una confitería y funciona un Museo Arqueológico provincial. Además, está prevista la inauguración próxima de una aerosilla.
Al doble de distancia, en dirección noroeste, a 1.100 metros y atravesada por un río, está la villa turística de Raco, el lugar que Atahualpa Yupanqui eligió para vivir varios años de su juventud y donde se levanta un monumento en su memoria. Un poco más adelante, por el mismo camino, está El Siambón, donde se erige un monasterio benedictino. Los monjes se dedican a la agricultura, la apicultura y la ganadería y son muy apreciados la miel y los dulces que producen y venden.
San Javier está al oeste de la capital, a sólo 25 km, sobre la sierra del mismo nombre dominada por un Cristo bendicente de 28 metros de altura, a la que se trepa por un camino de cornisa que serpentea por la selva. Hay hosterías y restaurantes. La vista de la ciudad abajo es magnífica. Sobre el mismo cerro, hacia el sur, está Villa Nougués, otrora lugar de residencia de las familias más aristocráticas de la provincia, que se caracteriza por sus espléndidas mansiones de estilo normando. Posee la cancha de golf más alta del país.
Valles Calchaquíes
Detrás de la sierra de San Javier y de los cerros del Aconquija, a unos 2.000 metros de altura, está Tafí del Valle, puerta de entrada a los Valles Calchaquíes, que continúan en su parte tucumana (tienen también su parte salteña) en Amaicha del Valle, Quilmes y Colalao del Valle.
A Tafí del Valle se llega yendo primero hacia el sur por la ruta nacional 38 hasta Acheral y luego hacia el oeste por la provincial 307, que es un camino de cornisa que bordea la quebrada del río Los Sosa. Son en total 107 kilómetros.
Antes de Tafí del Valle está el pueblo de El Mollar, donde han sido reunidos en un parque más de un centenar de los singulares menhires (grande piedras alargadas de hasta 3 metros de altura, en algunos casos labradas y pintadas) que en el pasado estuvieron repartidos por toda la zona y que fueron levantados hace unos 2.000 años por la cultura más antigua que habitó el territoria argentino.
El Mollar está separado de Tafí del Valle por el lago del dique La Angostura, en el cual se pesca pejerrey y se practican deportes náuticos. Tanto en uno como en otro pueblo hay una variada hotelería y sitios de camping. Hay turismo de estancia y circuitos de excursiones de aventura que ascienden a las altas cumbres o van más allá, hasta lugares como Chasquivil, Anfama y Mala-Mala.
El producto típico de Tafí son los quesos, famosos desde el siglo XIX por su sabor único, que algunos comparan al Cantal francés.
Unos 60 km más adelante, por la misma ruta, y luego de trasponer el Abra de El Infiernillo, a unos 3.000 metros de altura y volver a bajar a los 2.000, se descubre un paisaje distinto -más árido, rara vez llueve. Estamos en Amaicha del Valle, pueblo de comuneros indígenas célebre por su Fiesta de la Pachamama (Madre Tierra) que coincide con el Carnaval, a la que asisten miles de personas de todo el mundo.
Un poco más al norte, a 20 km por la provincial 357 y la nacional 40, están las Ruinas de Quilmes, un impactante rastro de lo que fueron las culturas originarias de la región. Allí, encaramada en las estribaciones del cerro Alto del Rey, se reconstruyó lo que fue la fortaleza de una gran poblada y centro de la mayor resistencia indígena al colonizador español en toda América durante las Guerras Calchaquíes del siglo XVII.
Tras la rendición del baluarte, en 1666, los quilmes fueron desterrados, obligados a caminar hasta cerca de la ciudad de Buenas Aires, donde se los confinó en una reducción. De allí el nombre de la actual localidad bonaerense.
Siguiendo hacia el norte por la nacional 40, a la vera del río Santa María o Yokavil, está el pueblo de Colalao del Valle, donde hay hosterías y pensiones. Los productos locales son la nuez, los dulces, el vino patero y el aguardiente. A 8 km, hacia el oeste, se halla el caserío de El Pichao y, junto a él, otro grandioso monumento de las antiguas culturas precolombinas: las Ruinas de Condorhuasi.
Colalao y los caseríos de la zona son habitados por la Comunidad India de Quilmes, que mantiene su organización ancestral en comunidades de base, un consejo de ancianos y una jefatura que ejerce un cacique elegido periódicamente.
Lo dicho: más que bien merecido tiene Tucumán el título de "Jardín de la República". Aquí el viajero percibirá los perfumes y los ecos de un paisaje mágico, impregnado de historia, que nunca termina de asombrarlo.
Fuente: Clarín Turismo
http://www.clarin.com/suplementos/viajes/2010/03/07/v-02153803.htm
Fuente: Clarín Turismo
http://www.clarin.com/suplementos/viajes/2010/03/07/v-02153803.htm
Rumbo al noroeste del país
Quienes viajan al norte de la Argentina y piensan llegar a la salteña Cafayate, tendrán posibilidades de hacer una visita a la estancia Chimpa. El lugar es maravilloso. La arquitectura, con fuerte acento español, y también los caballos como protagonistas de la experiencia, esta vez, entre los viñedos de la estancia.
Afuera, una piscina forma parte del paisaje, diseñado con las montañas de los valles calchaquíes de fondo y un sembradío en medio.
Para la aventura, están los corrales con caballos criollos y peruanos de paso. Hay muy buenas cabalgatas, incluso nocturnas. Se recomiendan las que llevan a las dunas, parte de las cuales están dentro de la misma estancia.
Cosechar sus propias uvas Torrontés, Cabernet, Tannat y Malbec; beber el buen vino de la estancia, y salir al campo con los gauchos bajo la luna y las estrellas, una experiencia con Salta a flor de piel. Eso es lo que hay en este lugar.
Quienes rumbeen para el lado de Molinos, encontrarán Hacienda de Molinos, una vieja estructura edilicia colonial, original del siglo XVIII, perteneciente al último gobernador de la corona española en esas tierras, Nicolás Severo de Isasmendi y Echalar. Desde la piscina se tiene una hermosa vista al Nevado de Cachi.
Apartado
Las estancias son como la buena literatura. Encajan en un género específico que las iguala y las hace ser la misma cosa, pero a la vez cada una es más o menos una obra con estilo propio, particular, exclusivo.
Las generalidades comunes radican en la estructura que define una propiedad rural, en la que se desarrolla alguna actividad agropecuaria de producción primaria, con un casco integrado por alguna edificación principal y algunas secundarias, donde los anfitriones, generalmente propietarios, brindan alojamiento con características personalizadas a huéspedes que sabrán valorar la comida casera y los momentos de charla y amistad.
Las diferencias radican, básicamente, en la región geográfica donde están apostadas. De allí que algunas crían ovejas, otras vacas, otras llamas y otras caballos y algunas cultivan trigo o soja, otras árboles y otras tabaco o vides.
Unas extienden sus hectáreas sobre llanuras pampeanas, otras sobre selvas o estepas, y también aquellas que se emplazan en costas de ríos, lagos o mares.
Como de la ubicación geográfica suele depender el tipo de producción, un simple vistazo a la economía política del país indica también el lujo de las propiedades y su anclaje histórico.
Entonces aparecen las diferencias entre los coquetos casquetes de estilo inglés, francés o italiano, que pueden encontrarse en la pampa gringa, y las no menos encantadoras casas coloniales españolas de las estancias del norte o del litoral. Es en esta variedad donde aparecen algunas perlas dignas de ojos expertos.
Fuente: La Voz Turismo
http://www.lavoz.com.ar/nota.asp?nota_id=585549
Por la selva de las yungas
En el oeste y norte de la ciudad de San Miguel de Tucumán un reservorio de biodiversidad invita a recorrerlo.
El circuito de la selva de las yungas tiene aproximadamente 120 kilómetros y se inicia en la Capital provincial por zonas residenciales, para adentrarse luego en una serie de pueblos de montaña y culmina con la visita a una represa hídrica.
El derrotero comienza en la avenida Mate de Luna, que atraviesa la ciudad y conduce a Yerba Buena, área de hermosas residencias con cuidados parques que se asoman a calles arboladas.
En ese perímetro barrial, de gran valor inmobiliario, se han instalado bares, restaurantes, un shopping, varios clubes deportivos y un campo de golf.
A continuación se sigue por avenida Solano Vera, rumbo al Camino a la Rinconada, y se pasa por el ex ingenio San Pablo, patrimonio que certifica el lugar que ocupó una de las fábricas azucareras más destacadas de la provincia de Tucumán.
Conforme se avanza en el camino se observa la generosa selva de yungas donde se destaca el bosque de molles, lapachos, tipas, laureles y jacarandaes, que en época de floración aporta un calificado valor agregado.
Entre lomas y quebradas
Entre lomas y quebradas, la imagen de un Cristo forjado en hierro marca el ingreso a Villa Nougués, localidad de casas veraniegas, exquisito lugar sede de las más tradicionales familias tucumanas.
El enclave data de 1899 muestra como características sobresalientes una capilla de estilo medieval y un campo de golf entre los altibajos de una orografía de montaña. La infraestructura de alojamiento se reduce a una pintoresca hostería.
Un puñado de kilómetros más adelante con una amplia panorámica hacia los valles está enclavada Loma Bola, lugar propicio para los cultores del parapentismo.
El circuito avanza por camino de cornisa, mientras un inmenso Cristo Redentor parece proteger a los viajeros desde la cumbre del cerro San Javier de 1.270 metros sobre el nivel del mar.
Desde esas praderas y lomadas se ofrecen panorámicas de la ciudad.
La villa nació en 1942 junto a la Hostería Club Sol donde se puede hacer una estratégica parada para alojarse o disfrutar de una comida mientras se observan los vuelos multicolores de parapentes y aladeltas.
Luego del empalme con la ruta 341, el camino lleva hacia Raco y El Siambón, villas de hermosas casonas donde los tucumanos veranean. Ahí está el Club Social y un country donde se practican golf, voley, tenis y paddle.
Es famosa la carrera transmontaña de mountain bike y algunos festivales folklóricos que se complementan con la oferta de cabalgatas hacia las cumbres de Raco, con cerros de hasta 4.600 metros.
Monasterio benedictino
Entre agradables bosques de pinos en los campos que rodean al monasterio de los monjes benedictinos destaca la singular solidez de la construcción realizada con piedras de la región y donde cautiva la sencilla capilla. En la entrada un puesto de venta tienta con los tradicionales licores, dulce de leche, jaleas y miel que preparan los monjes.
Muy cerca, una cancha de golf cautiva a deportistas con links diseñados en un paisaje de selvas y grandes desniveles.
También es parte del recorrido, en la ruta nacional 9, el dique Celestino Gelsi, ex El Cadillal, espejo de agua muy concurrido por quienes gustan de distintas actividades náuticas. Para recorrer ese espejo de agua el catamarán Arquímides tiene varias propuestas.
Finalmente, llegará el turno de visitar una gran obra de la ingeniería argentina como es el viaducto El Saladillo que fue declarado monumento histórico nacional en el año 2000. Y luego, el regreso a la ciudad de San Miguel de Tucumán.
Informes
San Miguel de Tucumán. Ente Tucumán Turismo, avenida 24 de Septiembre 484, teléfonos (0381) 430-3644 y 421-7624.
E-mail: info@tucumanturismo.gov.ar
Fuente: La Voz Turismo
http://www.lavoz.com.ar/nota.asp?nota_id=577271
Tucumán: Desde El Cadillal se lanza la temporada turística
“Al banano y los paseos en catamarán en el dique, al rafting y kayak en Aguas Chiquitas y al rappel en el viaducto El Saladillo se va a sumar la mejora total de las playas, el Museo Arqueológico con toda su riqueza histórica, un cuerpo de guardavidas para brindar seguridad, sombrillas y reposeras a disposición de todos, dos canchas de voley, areneros para los más chicos y espectáculos periódicos en el anfiteatro".
"Además, habrá clases de aerobic y baile, comidas temáticas en los restaurantes y eventos deportivos en todo el perímetro”, anunció Racedo Aragón, Presidente del Ente Tucumán Turismo.