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Catamarca. La ruta de los volcanes, los seismiles


Saliendo desde la capital de Catamarca hacia la Cordillera, es una hermosa travesía en un territorio poco explorado, entre pintorescos pueblitos, desiertos, aguas termales, grandes salares, y altas montañas.

En un recorrido de 516 kilómetros por el noroeste de la provincia de Catamarca, donde están Los seismiles, las míticas montañas que superan los 6.000 metros de altura.
En el límite de la Ruta de los Volcanes, podemos ver un cartel que indica que estamos en el Paso San Francisco, límite con la frontera con Chile. Allí donde se encuentran los 19 volcanes que fueron venerados por las culturas andinas.

Los antiguos habitantes de la zona llamaban a estas elevaciones como “Apus”, eran la morada de espíritus protectores a quienes ofrecían sacrificios y ofrendas.

Hoy en día, llegan andinistas de todo el mundo para explorar este “santuario de altura”. También se pueden conocer estos escenarios casi vírgenes en vehículo 4x4, con un guía local.

La travesía comienza en San Fernando del Valle de Catamarca, donde dan todas las recomendaciones para no sufrir mareos y dolores de cabeza, producto del “mal de altura”.

El camino comienza por la Ruta Nacional 60 hacia el oeste, hasta llegar al Paso San Francisco.
Entre los cerros multicolores se puede distinguir lo que fuera el antiguo Camino del Inca, que conducía a la localidad chilena de Copiapó.
Antes de llegar a Tinogasta, se puede conocer los pueblos agrícolas Copacabana y La Puntilla, donde se encuentran residencias de estilo neoclásico, con amplios jardines y galería central, algunas con imágenes religiosas antiquísimas.
Hay que conocer a las tejedoras artesanales que elaboran en sus telares hermosas colchas bordadas con flores de colores vivaces.
Al fin aparece Tinogasta, una de las localidades más conocidas del oeste de Catamarca, rodeada de olivares, viñedos, árboles frutales, y desde donde se puede hacer la llamada “Ruta del Adobe” (un circuito que recorre una serie de edificios de varios siglos de antigüedad, construidos con madera y adobe).
Luego, son 55 kilómetros donde se llega a los pueblos de El Puesto, La Falda, Anillaco y se llega al pueblo de Fiambalá. Esta localidad es conocida por sus aguas termales, las empanadas de carne, el locro, el buen vino, junto a olivares y deleitados por el ritmo del folklore.
En Fiambalá se encuentra gran parte del patrimonio arqueológico del Norte Argentino.
En el Museo del Hombre, se puede ver los cuerpos momificados de un hombre y una mujer, con su ajuar funerario, de más de 500 años de antigüedad, que fueron hallados en los alrededores de Loro Huasi, un pueblo cercano.
También, se pueden conocer los viñedos, y degustar estos ricos vinos de altura.

Las aguas de las termas de Fiambalá, se encuentran a 1.750 metros sobre el nivel del mar y se concentran en 14 piletas de piedra cordillerana con temperaturas que varían entre los 28 y 51 grados centígrados.
El camino continua por la Ruta 60, donde se empieza a apreciar las diferentes tonalidades y la variación de texturas de los desiertos de altura, hasta llegar a la zona de los volcanes, donde el paisaje sorprende con grandes médanos de arena blanca.

Entonces, podemos ver el volcán Pissis, que es el volcán inactivo más alto del mundo y luego el volcán Ojos del Salado, con 6.864 metros de altura, es el volcán activo más alto del planeta, que tiene nieves y los glaciares eternos.

En el interior de este volcán activo, se pueden apreciar fumarolas, que dan muestra de la actividad volcánica.

Pronto asoman varios de los más importantes “seismiles”, como el cerro de los Patos, el Tres Cruces, el Walter Penck (de difícil acceso).
El que mejor se ve desde la ruta, es el Incahuasi, donde se encontró una estatuilla de un ajuar funerario indígena.
Siguiendo, nos encontramos con las Salinas de la Laguna Verde, que parece un mar esmeralda en medio del desierto, donde habitan flamencos rosados.

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Titulo: La ruta de los volcanes, los seismiles.
Publicado el 19/12/2012.
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Sitio: turismonorteargentino.com
Provincias: Catamarca
Ver en: http://www.turismonorteargentino.com/catamarca/la-ruta-de-los-volcanes-los-seismiles_n.html
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La Fiesta del Poncho en Catamarca

Cada invierno, la ciudad de San Fernando del Valle, se convierte en el escenario de la Fiesta Nacional del Poncho, un clásico que atrae a muchos turistas a la provincia de Catamarca.

La fiesta se realiza en la Expo Productiva Catamarca, es una síntesis de la actividad de la provincia.
Durante la feria, hay diversos espectáculos artísticos y culturales, donde se puede disfrutar del cine, títeres, canto, danzas, coplas, recitados, pintura, y bailes. Hay una fuerte presencia de artesanos locales y extranjeros, con talleres artesanales y culturales.

Es un destino ideal para quienes aprecian del norte argentino.

Las vistas panorámicas de las quebradas y cuestas deslumbran a la vista de los visitantes.

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Titulo: Catamarca y la Fiesta del Poncho.
Publicado el 09/11/2012.
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Provincias: Catamarca
Ciudades: Belén
Ver en: http://www.turismonorteargentino.com/catamarca/belen/catamarca-y-la-fiesta-del-poncho_n.html
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Los verdes del valle y los alrededores de Catamarca

Crónica de un recorrido por los circuitos de los alrededores de San Fernando del Valle de Catamarca, entre los cordones del Ambato y el Ancasti, trepando la Cuesta del Portezuelo y disfrutando de los apacibles pueblos a la vera del río Tala. Verdes, aguas y hasta misterios, a un paso de la capital provincial.

“Lo que más me impresionó cuando llegamos fue el verde. La gente tiene muchos prejuicios antes de venir a Catamarca, y nosotros también. Creíamos que era todo un gran desierto, pero quedamos deslumbrados por los ríos llenos de truchas, los espejos de agua y la gran cantidad de lugares hermosos que hay para conocer”, cuenta Juan Martín Antoniassi, un joven chef porteño que llegó a la provincia junto con su familia hace dos años, para armar el restaurante Sabores de Nuestra Tierra en el Hotel Casino Catamarca. Juan Martín y su mujer, Gabriela, que también trabaja en hotelería, vivieron en sitios tan disímiles como Calafate, Bariloche, Pinamar, Francia y Cincinnati hasta recalar en Catamarca, por pedido expreso de los responsables del hotel, que los convocaron con el objetivo de llevar a la ciudad “una buena categoría gastronómica y de hotelería”. Siguiendo sus consejos, una recorrida por los principales encantos de este valle que sorprende gratamente a quienes lo visitan.

Ver mas en
http://www.turismonorteargentino.com/catamarca/los-verdes-del-valle-y-los-alrededores-de-la-capital_nota1469.html

Catamarca. Turismo arqueológico y bellezas naturales

Catamarca es una invitación al asombro, es descubrir el encanto de sus bellezas naturales, sus tradiciones y la hospitalidad de su gente.

En esta tierra nuestros antepasados dejaron los cimientos de nuestra historia, la que podemos apreciar en sitios como Pueblo Perdido de La Quebrada, Shincal de Quimivil y Fuerte Quemado.

Pueblo Perdido de La Quebrada

Situado en el departamento Capital, 4 km al oeste de la ciudad de San Fernando del Valle, se accede al mismo por la Ruta Provincial Nº 4, que une la ciudad con las villas veraniegas de El Rodeo y Las Juntas.

Ubicado sobre una montaña de regular altura en frente del Balneario Municipal, es un poblado perteneciente a la denominada cultura de La Aguada, y que está integrado por una serie de recintos elaborados en barro y piedra que conforman un total de 40.

''Los señores del jaguar''

Esta excursión es una experiencia única y exclusiva, ya que combina el imponente paisaje de la Cuesta del Portezuelo con la magia de uno de los centros con arte rupestre más importantes del Noroeste argentino.

Luego de recorrer la cumbre del Ancasti, se llega a la población de La Candelaria; de allí, por una senda angosta se introduce en un bosque de quebrachos, alisos y cebiles; finalmente se llega a una picada, recorrida hace 2.000 años por «Los señores del jaguar», que lleva a la Cueva de la Candelaria o Cueva de la Salamanca, donde se encuentran paredes y techo de piedra cubiertos de pinturas rupestres en color blanco amarillento, entre las que es posible reconocer figuras antropomorfas y zoomorfas típicas de la entidad cultural La Aguada.

El Shincal de Quimivil

Situadas en el departamento Belén, al Noroeste de la actual población de Londres, las ruinas de Shincal, enclavadas entre bellas montañas y un paisaje mágico, tienen una extensión aproximada de un kilómetro cuadrado. Ubicadas en el extremo sur del imperio, conservan las formas típicas de la arquitectura cuzqueña (Ushnu, Aukaypata, Kallanca, Sinchi Wasi, Collcas, Suntur Wasi, etc.) reconocida en toda América Latina como la arquitectura del poderío incaico.

Fuerte Quemado

Situadas en el departamento Santa María, al norte de la ciudad, las ruinas son un punto importante de la dominación incaica en el noroeste de la Argentina, específicamente en el valle de Yokavil. Tienen una antigüedad superior a los 600 años.

Pucará de Aconquija

Situado en el departamento Andalgalá en el ángulo sudeste del Campo del Pucará, se accede al mismo desde el empalme con la Ruta Provincial N° 62. Tras recorrer unos 17 kilómetros se llega a las ruinas, que se asientan a unos 300 metros de altura en un cerro de difícil acceso y rodeadas por una gran muralla que encierra una rica arquitectura incaica.

Fuente: Ambito

Conociendo los Valles Calchaquíes catamarqueños, por Santa María

Los viajeros suelen desconocer esta región que se destaca por la cultura de sus pueblos originarios, las empanadas con pimentón y las hilanderías
Cuando los turistas porteños deciden emprender viaje a los Valles Calchaquíes suelen detenerse en las provincias de Salta, donde están Cafayate y Cachi, y de Tucumán, con Amaicha del Valle y las ruinas de Quilmes. Muchos desconocen que allí radica una triple frontera en la que también está Catamarca, con la ciudad de Santa María del Yokavil y sus alrededores.

Se puede llegar a Santa María -cuyo nombre designa a la cultura originaria de toda la zona, incluidas las de las provincias vecinas- desde Cafayate, por un trayecto de ripio de la ruta 40. También se puede acceder desde Amaicha del Valle, por el asfalto de la 17. En este caso se entrará a la ciudad del valle del Yokavil por un ampuloso arco y se verá una estatua de la Pachamama, embarazada, pese a que muchos lugareños representan a la Madre Tierra como una anciana.

Antes de adentrarse en el poblado conviene parar en Cabramarca, establecimiento fundado por un alemán que produce quesos y dulce de leche a partir de la leche de cabra. Allí se pueden comprar productos más baratos que los que se ofrecen de la misma marca en las góndolas de algunos supermercados de Buenos Aires.

Para los que no quieran dormir en Santa María, a cinco kilómetros del monumento a la Pachamama está El Puesto, con alguna estancia que aloja entre corrales de llamas y cerca del río Santa María o el camping del Sol. Quien, en cambio, quiera meterse en la ciudad, de 10.000 habitantes, se encontrará por la calle Esquiú con el telar del Suriara y más adelante con la plaza principal, la Belgrano, que no es tan turística como la de Cafayate, pero ofrece a su alrededor algunos hoteles y restaurantes como El Colonial. Allí, sobre la plaza está la iglesia principal, la moderna Nuestra Señora de la Candelaria. En la parroquia se pueden adquirir libros como Cristianismo e interculturalidad , que coordinó el sacerdote agustino José Demetrio Jiménez, y que ayudará a comprender un poco el collage de culturas y religiones que se produjo a partir de la llegada de los españoles a estas tierras de diaguitas, dominados aquel entonces por los incas. Enfrente de la iglesia, un local ofrece artesanías y tapices del artista local Ricardo Yapura.

En una esquina de la plaza, una visita imperdible: el Museo Antropológico Eric Boman. Allí se apreciará la cerámica típica de los pueblos originarios, con figuras de suris, víboras, ranas, cruces, flechas y chamanes. Los diaguitas eran, además, grandes hilanderos, trenzadores, tejedores, trabajadores del metal, tallistas en piedra y madera. Cerca de Santa María se pueden visitar sitios arqueológicos.

Antes de entrar a la ciudad por la 40, desde Cafayate, están los sitios de Fuerte Quemado y Cerro Pintado, en Las Mojarras. Después de Santa María, siempre por la ruta 40, está el pueblo de San José, con el sitio de Loma Rica de Shiquimil. En la plaza central de San José se puede visitar, además, el santuario de San Roque -lo recomendable es ir el 16 de agosto, cuando los lugareños saludan con sus pañuelos a San Roquito- y comer una docena de empanadas muy ricas enfrente, en el bar El Encuentro, por 16 pesos. Están bien condimentadas por el pimentón típico del lugar.

Santa María ofrece un clima seco, soleado, a veces con viento y polvo. Está rodeado de montañas y sierras de siete colores o más. Su río, el Santa María, sólo lleva mucho caudal en verano, en tiempo de deshielo en la zona de donde nace, la sierra del Cajón.

Sobre la ruta 40, en Santa María, el visitante podrá probar la cerveza artesanal de la ciudad. La produce otro alemán, Bernardo, que explica su técnica y ofrece sus botellas de Ruta 40 en versiones rubia, roja, negra o de trigo. Sobre la misma carretera, rumbo a San José, se puede visitar la Bodega San María de la Vid, propiedad de los agustinos y cuyas utilidades se destinan a fines sociales. Más adelante, doña Pascuaza y Ramón Alvarez ofrecen masas, vinos y licores regionales.

Recuperar el arte perdido

Otra opción es partir hacia el sur de Santa María por la ruta provincial 39 para otra visita imperdible: la cooperativa de hilanderas y tejedoras Tinku Kamayu, en Lampacito. Margarita Ramírez de Moreno y otras mujeres del lugar decidieron hacerle frente a la crisis de 2001 recuperando el arte perdido de sus antepasados. Quien las visite puede comprarse alguna prenda de lana de llama u oveja, ovillos y tapices, y escuchar tal vez alguna copla. En Lampacito, el viajero podrá ver desde la ruta una casa que era de los misioneros jesuitas o la capilla de Santo Domingo de Guzmán.

Por la ruta 40 hacia el sur se encuentra Punta de Balasto, con su pequeño museo que exhibe piezas de los diaguitas. Para los aventureros que vayan en 4x4 se recomienda seguir más allá y doblar a la derecha por la 118 para visitar San Antonio del Cajón. Otras opciones son ir de paseo a Andalhuala o Caspinchango, o contratar travesías en camioneta o cabalgatas en Fuerte Quemado.

Fuente: La Nación Turismo

Tinogasta. Casas con pies de barro

En el departamento catamarqueño de Tinogasta, una serie de tranquilos pueblitos conservan numerosas casas, iglesias y oratorios de adobe, algunos levantados hace ya siglos. Las técnicas de construcción en tierra, inauguradas en la zona por los pobladores diaguitas, se aplican con éxito hasta hoy.

En el árido oeste de Catamarca se levanta un pequeño mundo de construcciones de adobe que nacieron a partir del siglo XVII, cuando la región aún era tierra diaguita, y siguieron desarrollándose durante la época colonial y hasta nuestros días. Hoy se las conoce con el nombre turístico de la “Ruta del Adobe”, un circuito de unos 55 kilómetros entre los pueblos de Tinogasta y Fiambalá: allí, en silencio pero con perseverancia, existen todavía iglesias y oratorios de comienzos del siglo XVIII, junto a los restos de una ciudad diaguita hecha también de barro y agua. Pero lo más significativo es que esa “cultura del adobe” prefigurada por los diaguitas sigue vigente hasta hoy en pueblitos donde casi todas las casas son de ese material. No se trata sólo de las moradas más antiguas, de hasta 200 años, ya que a veces también las nuevas se levantan con las técnicas de aquellos tiempos. Y en muchos casos, los bloques de esas casas son moldeados con las manos por las mismas personas que luego las habitarán.

Primeros pasos

En el pueblo de Tinogasta, de unos seis mil habitantes, el 70 por ciento de las casas es de adobe, muchas de ellas con piso de tierra y techo de caña. No hay que confundirlo con una señal de pobreza; es la continuación de una tradición práctica y económica que en este clima más que seco invita a vivir en casas capaces de mantener el calor en las frías noches de invierno, y la frescura durante los calcinantes veranos catamarqueños. Como en la zona casi nunca llueve, los materiales resisten inmunes el paso del tiempo.
La Comandancia de Fiambalá, un edificio administrativo de comienzos del siglo XVIII.

Saliendo de Tinogasta por la RN 60, recorriendo 15 kilómetros hacia el norte, se llega a El Puesto, un pueblito de 500 habitantes que parece detenido en el tiempo, con casi todas sus casas de adobe. Allí se levanta el Oratorio de los Orquera, una exquisita pieza arquitectónica de adobe resuelta con magistral sencillez. Data de 1740, y surgió siguiendo la tradición de los oratorios privados, pequeñas iglesias que se levantaban en las estancias cuando no había un templo cerca.

Además de la fineza del diseño, una particularidad de este oratorio es que no fue levantado con bloques de adobe sino con moldes de madera que, siguiendo una fórmula tomada de los diaguitas, se rellenaban con una mezcla de arcilla, paja y estiércol de 70 centímetros de espesor. Los tirantes del techo son de madera de algarrobo curva (los troncos aún verdes se metían en el río para lograr doblarlos), y se cree que son los originales de 1740, al igual que la puerta. Llama la atención que la torre del campanario carezca de campana, pero se debe a que fue fundida para hacer una más grande que ahora está en la iglesia de Andacollo. El interior del oratorio es sencillísimo, con tres nichos muy rústicos, un confesionario de algarrobo macizo y varias imágenes de la escuela cuzqueña, entre ellas una pintura de la Virgen amamantando al niño Jesús (1717) y un San Antonio muy pequeño de madera.

A un costado del oratorio, una antigua habitación con paredes y piso de adobe se mantiene tal como era en tiempos de la Colonia: allí hay un museo con objetos cotidianos que documentan doscientos años de vida de las diferentes generaciones de la familia Orquera, siempre dueños de la casa y la iglesita. En el cuarto se exhiben objetos que van desde una gran petaca de cuero hasta primitivas planchas, una fonola y vasijas diaguitas.

Unos kilómetros más adelante aparece cerca de la ruta una iglesia en medio de la nada, con un telón de montañas de fondo. A simple vista resulta inexplicable que semejante iglesia, con un elegante portal neoclásico, haya surgido sin una sola casa alrededor. Pero en verdad es la iglesia del pueblo de La Falda, que fue llevado por el río en 1930 y reconstruido a algunos kilómetros de este lugar. La iglesia, que había quedado en ruinas, fue restaurada en el año 2001. Por si fuera poco, también fue afectada por un sismo... La reconstrucción se hizo siguiendo el modelo original, con cuatro columnas clásicas de adobe a las que se suman una entrada con arco de medio punto y molduras talladas con cemento y cal. Se calcula que la iglesia fue levantada a mediados del siglo XIX –es más moderna que las otras del circuito– y por eso tiene dos torres campanario, techo a dos aguas y un vestíbulo de entrada. Pero lo más llamativo es su retablo, totalmente moldeado en adobe.

Rumbo a Anillaco

Desde El Puesto, la RN 60 sigue con rumbo norte hacia Anillaco, homónimo del más célebre pueblito riojano, en paralelo a las Sierras de Fiambalá. A los cinco kilómetros, un camino de tierra que sale de la ruta conduce hasta la solitaria iglesia de Anillaco, levantada en 1712, la más antigua de las que permanecen en pie en la provincia. Su origen remite a un oratorio familiar levantado por mano de obra aborigen bajo las órdenes del primer español que se instaló en la zona en 1687: Juan Gregorio Bazán de Pedraza IV. Este hombre trajo consigo un linaje familiar de colonizadores que habían fundado ciudades en el Nuevo Mundo, y como premio se le otorgó en Anillaco una vasta merced de 100 leguas cuadradas.

Bazán de Pedraza se dedicó al engorde de animales con el cultivo de alfalfa, sobre todo mulas que exportaba hacia las minas de Potosí. Con las riquezas que producía la finca pudo levantar su oratorio familiar, aún en pie aunque restaurado, ya que hace varias décadas un rayo tumbó un algarrobo que estaba enfrente y provocó el derrumbe de la fachada. En el interior se pueden ver claramente tres desniveles del piso que marcaban otros tantos espacios bien segmentados: los dueños de casa y los sacerdotes iban en el nivel más alto, seguidos por el resto de la clase alta en el intermedio, y la clase baja en el nivel inferior. El templo carece de ventanas, ya que a veces oficiaba de fortaleza ante algunas rebeliones indias.

El templo de San Pedro

La Ruta del Adobe termina en las afueras del pueblo de Fiambalá, en el Templo de San Pedro, levantado en 1770. Su exquisita factura de adobe encalado tiene influencias del estilo colonial boliviano, con un pequeño muro perimetral y un alto campanario. El templo lo hizo levantar Domingo Carrizo, un descendiente de los primeros españoles en la zona, para entronizar una talla de madera con la imagen articulada de San Pedro, a quien se ve sentado en el centro del altar. Lo curioso es que a San Pedro los fieles le cambian los zapatos todos los años porque “se le gastan, ya que es un santo muy caminador que visita a los feligreses”. En la sacristía se puede ver un gran arcón de madera con todo tipo de zapatos, ofrendas de los fieles por los pedidos cumplidos.

A un costado del Templo de San Pedro hay un edificio administrativo de tiempos de la Colonia, también construido con puro adobe, y llamado la Comandancia o Plaza de Armas. En el interior hay una antiquísimo y borroso fresco de tres metros de alto por cuatro de ancho con imágenes de ángeles arcabuceros. El origen de estos singulares cuadros remite a unos pintores mestizos del Cuzco, a quienes se les encargó pintar ángeles. Y como los pintores carecían de un modelo que copiar, los españoles les explicaron que los ángeles eran como ellos pero con alas. De allí surgieron estos excéntricos ángeles con rostro de belleza casi femenina, alas celestiales, sombrero de ala ancha, trajes de brocado bordado en oro similares a los de los soldados de Carlos II, y los llamativos arcabuces al hombro, igual que el común de los españoles.

Fuente: Página 12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/turismo/9-1781-2010-05-02.html

Watungasta, una ciudad diaguita

A cinco kilómetros de Anillaco, La Rioja, a un costado de la ruta, una precaria cerca protege los restos de la ciudad diaguita de Watungasta, levantada en adobe. Sus orígenes se remontan a comienzos del primer milenio y se cree que fue habitada ininterrumpidamente durante cinco o seis siglos, hasta 1650. La condición actual de Watungasta es ruinosa: no se ve gran cosa, aunque perdura en el suelo parte la estructura general que adquirió la ciudad con la llegada de los incas en 1480.

Entre las ruinas sobresale un montículo de tierra de 30 metros de alto rellenado con piedras por los aborígenes. Los arqueólogos identificaron los cimientos sobreelevados de la casa del cacique y casas comunes en el nivel inferior de la ciudad, además de dos plazas. Se cree que Watungasta floreció como un núcleo especializado en alfarería de cerámica que se exportaba a Chile y el Alto Perú. En el 1500 se calcula que Watungasta tenía una población de 4000 habitantes, pero en 1630, al desatarse las guerras calchaquíes, la población comenzó a reducirse y los españoles a expandirse en busca de oro y plata. Y según las crónicas españolas de la época, el derramamiento de sangre en una de las batallas de Watungasta fue tal que el río que pasa junto a la ciudad se tiñó de rojo y la matanza pareció ser “mayor que la de Troya”. De allí el nombre del río, bautizado La Troya. En 1713, cuando los españoles demarcaron el pueblo de Tinogasta, se contabilizaron apenas 37 habitantes indios.

Datos útiles

Cómo llegar
Hay micros diarios de la empresa General Urquiza que tardan unas 13 horas desde Buenos Aires hasta San Fernando del Valle de Catamarca. Desde la capital catamarqueña se pueden contratar servicios especiales de transporte o se puede llegar en micro a Tinogasta (280 kilómetros al oeste de San Fernando de Catamarca). Para recorrer la Ruta del Adobe se puede contratar un remise.

Ver Alojamiento en Tinogasta y Alojamiento en Fiambalá

Alojamiento en Tinogasta
Hostal Casagrande: construido totalmente con adobe en 1897, forma parte como edificio histórico de la Ruta del Adobe. Una habitación doble cuesta $150. Más información al tel.: 03837-421140.
Los Olivos: este camping de excelente calidad tiene pileta, canchas de vóley y fútbol. Más información al tel.: 03837-420949 / 15488444. E-mail: moniquecarlos@hotmail.com.
Hostería A los Seismiles: es una alternativa sencilla y agradable de alojamiento con buena gastronomía. La habitación doble cuesta $140. www.alosseismiles.com.ar.

Alojamiento en Fiambalá
Cabañas Umbral de la Luna: totalmente equipadas con cocina y vajilla. Más información: 03837-496056.
Hostel Villa Rosenda: www.hostelvillarosenda.com.ar

Dónde comer
Los fines de semana, “Los Pereyra” es el lugar más popular de Tinogasta; se va a comer y a bailar folklore sobre un piso de tierra frente a músicos en vivo. Hay empanadas ($15 la docena), asado ($30 para dos personas) y un locro “pulsudo” (es decir muy completo, con todos sus ingredientes). Más información: tel. 03837-15478996.

Cuándo ir
De octubre a mayo la temperatura suele ser de 35 grados y a veces un poco más, aunque es un calor seco que no se siente tanto como un día caluroso en Buenos Aires.

Más información
Centro de información turística: 0810-777-4321
www.turismocatamarca.gov.ar.

El rodeo, lugares encantados

La placidez de una aldea de montaña, sobre los faldeos de la sierra de Ambato. Un escenario ideal para el trekking y las cabalgatas.

La panorámica desde el Cristo blanco que reluce sobre la ladera es un plano amplio que abarca la serranía de Ambato y sus valles. Sin embargo, la vista es parcial de este paisaje de precordillera, a 38 km de San Fernando del Valle de Catamarca.

La propia naturaleza oculta bajo su manto denso la mayor parte de los matices de El Rodeo. Unos 500 metros abajo, a los pies del cerro Huaico, la abigarrada secuencia de nogales, algarrobos, churquis, talas, sauces y álamos apenas deja resquicios para entrever los tejados rojos de los chalés. Hasta el persistente rumor de los ríos se silencia y la presencia de esos tentáculos de agua transparente que refrescan la aldea sólo queda reflejada en los mapas.

La ruta que trepa la montaña desde la capital se monta sobre una cuesta y transforma el plácido paseo inicial en una excursión algo más inquietante, sacudida por curvas, precipicios, subidas y bajadas. Y el sol y la sombra de la vegetación de altura, en una alternancia constante. La cinta deja de zigzaguear y, en el más absoluto silencio, conduce a los automovilistas hasta los márgenes del río Ambato. El agua desciende a los saltos y trasluce piedras, truchas y raíces, un escenario soñado que sugiere un picnic. El ritual convoca a los previsores y sorprende a turistas a punto de cometer la afrenta de pasar de largo.

Hacia el mediodía, el microclima termina de delinear su atmósfera más agradable y se multiplican los grupos dedicados al trekking hasta el Cristo y el descanso con los pies en los cinco ríos que tajean el manto verde.

Enfrente de la escultura de piedra, una cabalgata busca al paso la cumbre del cerro Pelado del Fraile. Pero el imprevisto planeo de un cóndor alborota a los turistas, los baqueanos y sus caballos. El venerado pájaro andino se presta a jugar con las cámaras que le apuntan: queda suspendido en el aire unos segundos, bailotea sacudido por el viento y, repentinamente, desaparece, mimetizado con la montaña verde.

Fue fundada en la serranía de Ambato, en el siglo XVII.Queda a 36 km de la capital por la ruta 4.

Fuente: Clarín Turismo

Catamarca: Un valle, mil rutas

En torno a la ciudad, el Valle Central seduce con paisajes irreales, arte, gastronomía y sitios arqueológicos en un trazado de mil rutas posibles.

Balcones, valles, cumbres y bosques aparecen como por arte de magia a pocos pasos de la capital catamarqueña. Verdes, ocres y lejanos copos de nieve pintan al Valle Central, conformado por las Sierras de Ancasti y Ambato que es puerta de acceso a los distintos circuitos turísticos de la provincia.

Si se pudiese hablar de la gastronomía, el artesanado o la música como "territorios" no sería descabellado trazar nuevas rutas en Catamarca, aún inexistentes en los mapas.

Esos caminos imaginarios, revelan paisajes tan sorprendentes como los labrados por el agua, el viento o el tiempo, también por la unión de los saberes ancestrales y la herencia colonial, por los cultos religiosos y paganos. Aquí algunas propuestas.

Pura aventura

A sólo 3 km de San Fernando del Valle de Catamarca, se abre el enorme espejo de agua del dique El Jumeal que atrae a los pescadores de truchas y deportistas náuticos, motos de agua y coloridas velas de windsurf. Animarse al desafío es apenas el inicio de una travesía que promete adrenalina.

Por la Ruta 4 se llega a La Silleta, un paraje que se presta para la práctica de enduro y mountain bike y permite apreciar las vistas panorámicas del cordón de Ambato. En el km 36, detrás de una pronunciada cuesta, se divisa la pintoresca villa veraniega El Rodeo, donde casas bajas de techos rojos se distribuyen entre los cerros y siguen el zigzagueante curso de los arroyos.

Este sitio es una buena elección para hacer base. Zona de asentamiento de las más antiguas estancias ganaderas de la provincia, cuenta con pintorescas hosterías desde donde se realizan circuitos de montaña y de pesca, además de reparadoras cabalgatas entre sierras, plantaciones de nogales, arboledas frutales y pequeñas cascadas. Los festivales folklóricos que se realizan cada año en enero y febrero convocan a visitantes de todo el país.

Once kilómetros más adelante, entre árboles frutales y cascadas, se accede a Las Juntas, donde el camino se vuelve muy irregular y se presenta ideal para subirlo en 4x4 o a caballo.

Ambas opciones prometen vértigo: al avanzar por la senda se va ganando altura y es usual ver el límpido cielo azul surcado por cóndores, además de las infinitas vistas del valle que ofrecen los distintos puntos del recorrido. Al fin alcanzamos un refugio para reponer energías, después de hacer un tramo a pie por un terreno ondulado cuya fisonomía, similar a una silleta de montar, le da nombre al curioso paisaje.

Si se llega a Las Juntas de mañana, muy temprano, es imposible perderse una cabalgata hacia Los Pinares. Debe tomarse el lado este del cordón de Ambato hasta el final de una huella, luego hay que desensillar y caminar por unos hermosos bosques de nogales salvajes, algarrobos y coníferas hasta el fondo de una quebrada.

La belleza del variado paisaje, visto desde 1.550 m de altura, deja sin aliento. Y también el terreno, bastante escabroso, hasta que empieza a descender hacia el río Las Juntas que lleva hacia un tesoro único: frondosos y perfumados bosques de pinares, cuyas múltiples variedades -formas, alturas y tonalidades- se encuentran sólo aquí y en algunas zonas del norte de Italia.

Hacia Portezuelo

Desde San Fernando, otra propuesta lleva hacia el dique Las Pirquitas, el más grande de la provincia. Aquí hay buen pique de trucha y pejerrey y es punto de encuentro de los fanáticos del remo y el esquí acuático. Tras bordear el embalse, después de 15 km, se arriba a La Puerta.

Esta pequeña localidad está al pie de las sierras de Ambato. Antes de su fundación, en 1.690, era un poblado indígena, conocido como Pomangasta. La mayor atracción de este centro turístico, además de la riqueza arqueológica, es la imagen de la Virgen del Rosario, una de las más antiguas y veneradas en Catamarca. La abrupta ladera occidental de la sierra de Ancasti, da origen a la llamada Cuesta del Portezuelo, una de las más bellas del país. Nace a sólo 18 km al Este de la capital catamarqueña y sirve de nexo entre el valle y los departamentos de Ancasti y El Alto.

La Ruta 42 salva 1.000 m de desnivel a lo largo de 24 km, hasta llegar a los 1.680 m de altura en el Alto del Portezuelo. Quienes se atrevan a desafiar el vértigo en beneficio de disfrutar de una vista única, en el kilómetro 7 de la cuesta hay un mirador que ofrece magníficas panorámicas del valle.

Fuente: Los Andes Turismo
http://www.losandes.com.ar/notas/2009/11/29/turismo-459189.asp