San Juan. Emociones junto a Barreal
En una extensa planicie arcillosa de 12 kms de largo y 5 kms de ancho, donde no hay obstáculos, el viento sopla y permite que los carrovela se deslicen llegando a velocidades de 80 kms por hora.
Esto es el Barreal, en el suelo agrietado de Pampa de El Leoncito, ubicado 250 kms al oeste de San Juan capital.
A los costados de este extenso paisaje semidesértico se levantan los cerros del Parque Nacional El Leoncito y el cerro El Tontal, un cono que llega a más de 6 mil metros de altura.
El paisaje cambia al otro lado de la ruta, al ingresar al Parque Nacional, donde el viento fuerte se convierte en una brisa inofensiva, el suelo es verde y aparecen las primeras tropillas de guanacos y suríes.
Luego de cargar agua y nuestras provisiones en la mochila, comienza el trekking de 2.200 metros que se inicia con la bajada hasta un cañadón empapado por la cascada El Rincón. Esta cascada cae desde 40 metros a una pileta natural.
El cielo de San Juan es uno de los cielos menos contaminados del planeta, lo cual invita a disfruta de las noches mirando hacia arriba, espiando las estrellas y encontrando asteroides.
Los 2 complejos astronómicos se encuentran a pasos de la base del guardaparque, a 2.552 metros sobre el nivel del mar.
La zona tiene el privilegio de contar con 270 a 300 noches despejadas al año, ideales para el avistaje.
La visita guiada al Observatorio Astronómico El Leoncito empieza con una charla introductoria en el playón exterior, desde donde se pueden ver las montañas que la rodean, y el leve sonido de arroyos y cascadas. Al norte, en el cerro Urek se puede ver un telescopio.
En el interior del Observatorio podemos conocer los 3 pisos del lugar e interiorizarnos mas en las estrellas.
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Titulo: Emociones junto a la Cordillera de los Andes.
Publicado el 02/12/2012.
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Sitio: 365 Argentina
Provincias: San Juan
Ver en: http://www.365argentina.com/san_juan/emociones-junto-a-la-cordillera-de-los-andes_n.html
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Carrovelismo en San Juan
Cuenta con cabañas, refugios con asadores individuales, quinchos y hornos de barro. También permite acercarse a estas actividades, de manera gratuita.
El carrovelismo se disfruta en un carrovela, que es un triciclo en el que las dos ruedas traseras están fijas y una delantera más chica hace de volante y se maneja con los pies. Dos bastidores de acero con fuselaje, donde el piloto se recuesta y un mástil de aluminio, que sostiene una vela que se mueve por la acción del viento, completan el diseño de este singular carro, que en sólo tres minutos puede superar los 100 kilómetros por hora.
Los paseos de bautismo se realizan con un instructor que conduce el carro y efectúa más de una pirueta para inyectarle una dosis extra de adrenalina a esta novedosa actividad, que se asemeja a navegar montado en el viento. Sólo hay que ponerse el casco, ajustarse el arnés y atreverse a incursionar en estos deportes extremos; el resto son "horas de vuelo".
Otra opción es hacer kite-buggy. Este deporte es una adaptación del kitesurfing, del cual se tomó la misma vela, pero se remplazó la tabla por un triciclo que deja al conductor al ras del piso. En la zona también se pueden hacer cabalgatas, salidas en bici y caminatas. El viento en Barreal de Arauco, está siempre presente. A 30 kilómetros de Aimogasta y a 90 de la capital provincial.
Fuente: Los Andes Turismo
San Juan, Tierra de vino y olivos
Moderna y de arquitectura baja. Son las dos características que primero saltan a la vista al pisar San Juan de la Frontera, pero no sorprenden porque, a pesar de su antigüedad, la ciudad fue íntegramente reconstruida después del terremoto de 1944. Lo que sí sorprende en esta activa ciudad–oasis, fundada en 1562, es el contraste entre las calles arboladas –todo un milagro del riego– con los desérticos alrededores.
La capital sanjuanina ofrece varios sitios para recorrer, que van de lo histórico a lo arraigadamente artesanal. En primer lugar el ineludible Museo Sarmiento, para explorar fragmentos de la infancia del prócer argentino junto a la mítica higuera. A unos pasos de allí está el Museo Viviente del Aceite de Oliva Don Julio, cuyo nombre conmemora al enólogo Don Julio Marún, que en 1949 comenzó a elaborar el conocido aceite Tupelí (por el nombre de un cacique huarpe). Luego, sus hijos empezaron a fabricar aceite de oliva virgen fino, tipo antiguo, y al tiempo levantaron el Museo Don Julio. Este producto artesanal, de exquisito aroma y suave sabor, se elabora siguiendo el antiguo método de prensado en frío que es, justamente, el que se ve en el museo. Entre las piezas exhibidas hay un viejo trapiche, es decir el molino de piedra para “exprimir” las aceitunas, y al final de la visita se hace una degustación.
Entretanto, para adentrarse en la historia del vino hay que conocer el impecable y didáctico Museo de la Bodega Santiago Graffigna, que surgió en 1870 y marcó el nacimiento de la industria vitivinícola sanjuanina. Y en las afueras se puede ir a la quebrada del río San Juan y al Dique Ullum, las dos razones por las cuales el desierto logra convertirse en vergel. Cerca de allí, en la Quebrada del Zonda, hay un sitio único en América: la Bodega Cavas de Zonda, una peculiar champañera situada en el corazón de la montaña, en un gran túnel excavado en 1932 por inmigrantes yugoslavos. La cava tiene una temperatura promedio de 16ºC y, por la ausencia de luz y de ruidos, es el ambiente ideal para estibar el champagne.
Millones de años atras
Una vuelta a la provincia suele hacerse en una semana como mínimo, y se puede empezar por Valle Fértil, al este de San Juan.
Este departamento se diferencia mucho de los otros gracias a unos
milímetros extra de lluvia que recibe al año. Además de ser más verde
que el resto de la provincia, sólo aquí prospera el quebracho colorado y
abundan los cardones.Saliendo de la capital se toma la RN 141 y a 60 kilómetros se puede conocer el gigantesco Santuario de la Difunta Correa. Entre peregrinos que llegan de todo el país, llama la atención la infinidad de maquetas de viviendas que invaden el lugar: se debe a que la gente pide casa a la Difunta, y cuando el deseo se cumple vuelve con un modelo de su hogar en miniatura. La siguiente parada es Astica (“las flores”, en lengua huarpe), uno de los tantos pequeños oasis serranos que abundan en Valle Fértil. Aquí los huertos familiares producen muchos cítricos: limas, toronjas, naranjas, pomelos, mandarinas y cidras, que parecen limones gigantes y sólo sirven para dulce. Pero también vienen bien las aromáticas, la tradicional alcayota y hasta conservas extravagantes, como aceitunas negras en almíbar.
Sesenta kilómetros más adelante se empalma la RP 510 y al cabo de 114 kilómetros el destino final del día es San Agustín del Valle Fértil, villa cabecera con infraestructura turística por su cercanía con el famoso Parque Provincial Ischigualasto o Valle de la Luna. Esta reserva paleontológica, situada a 70 kilómetros y única en el mundo, es Patrimonio Natural de la Humanidad de la Unesco desde el año 2000. Aquí se evidencia lo que ocurrió hace 230 millones de años, al final del período Triásico en la era Mesozoica, cuando los dinosaurios eran los dueños de la Tierra. Sus geoformas, producto de la erosión eólica, le valieron el apodo de “lunar”, y cada una fue bautizada según su apariencia: el “Submarino”, el “Hongo”, la “Cancha de Bochas”. Sin embargo, lo maravilloso del Valle de la Luna es disfrutar su silencio, tan profundo que por momentos agobia, cerrar los ojos e imaginar esta vasta extensión llena de animales prehistóricos. En el parque hay un centro de interpretación y varios circuitos: de auto, de trekking y de mountain bike, con guía incluido. Si bien todos van a pasar el día, lo ideal es acampar y disfrutar los increíbles atardeceres que tiñen todo el entorno. Los noctámbulos pueden empacharse de estrellas y, si hay luna llena, recorrer el parque de noche.
Mucho mas que viento
Para ir de Valle Fértil al Valle de Iglesia hay que bordear la Precordillera de La Rioja, San Juan
y Mendoza. Es el tramo más largo, ya que se debe tomar la RP 510
durante 80 kilómetros y luego empalmar la RP 26, recorriendo 130
kilómetros por La Rioja hasta Villa Unión. Allí se toma la RN 40 para
hacer los últimos 184 kilómetros. El amplio Valle de Iglesia, una
riquísima reserva minera en el noroeste de San Juan,
está cercado por los Andes y la Precordillera. Este cordón es una
barrera climática y, por lo tanto, a ambos lados de la Precordillera el
tiempo es totalmente distinto. Entre mates y “semitas”, ese sabroso pan
con chicharrón infaltable en la mañana sanjuanina, se puede admirar el
paisaje aunque el cielo esté nublado, porque apenas se pasa al otro lado
el día se ilumina con un sol radiante.Entre curva y contracurva aparece el Jáchal que, junto con el San Juan, es el río más importante de la provincia. A lo lejos se ven los picos de los Andes, imponentes, rondando los 6 mil metros de altura. Allí está Agua Negra, paso del Corredor Bioceánico que llega a Coquimbo, en Chile, pero que por su altura está cerrado varios meses al año.
En medio del desierto, surge un gran lago que toma por sorpresa a los visitantes: Cuesta del Viento. El gran embalse sobre el río Jáchal generó un paisaje surrealista que combina la desértica belleza lunar con el intenso turquesa del lago artificial. Como su nombre lo indica, aquí hay viento, con ráfagas de 80 kilómetros por hora. Lejos de ser una molestia, el viento convirtió a este sitio en meca del windsurf, y no es raro ver paradores playeros y surfistas con rastas inmersos en el árido paisaje. El verano es la época ventosa, aunque hay corriente todo el año y sobre todo de tarde: por eso es ideal navegar y pescar a la mañana, cuando el lago está planchado. La localidad principal es Rodeo, un oasis de acequias devenido centro turístico de la mano del dique. Una arboleda centenaria e inclinada en la dirección del viento enmarca la entrada a la villa, punto de partida para cabalgatas, mountain bike, trekking, pesca y rafting.
En la misma entrada está El Martillo, linda y prolija finca pionera en el agroturismo sanjuanino. Lo primero es almorzar en su restaurante y degustar platos a base de productos de la huerta. La picada de entrada es un clásico (los ajos en aceite, imperdibles), lo mismo que algunos postres típicos, como los zapallitos en almíbar o la tradicional alcayota. La finca nació hace más de treinta años como chacra de fin de semana hasta que su dueño, Enrique Meglioli, se mudó con su familia. Este activo ingeniero químico jubilado se dedicó a múltiples actividades: ovejas, truchas, conejos y cría experimental de llamas y guanacos para lana. En la huerta hay hortalizas y aromáticas, además de zapallos y alcayotas para dulce. Duraznos, ciruelos, zapallitos y choclos de colores, membrillos y hasta frambuesas y frutillas adaptadas al clima seco. Como si fuera poco, cuenta con colmenas, pasturas, nogales y un bosque de álamos para madera.
A 25 kilómetros están las Termas de Pismanta, vertientes volcánicas con propiedades curativas ya conocidas por los huarpes. Su nombre honra a un cacique que, ante el avance español, se refugió en una cueva a esperar la muerte con su familia. Según la leyenda hubo un estruendo, se hizo una grieta de donde manaba agua caliente, y nacieron las termas. Allí está el Hotel Termas de Pismanta, que existe desde los años ‘50 y desde hace seis funciona como cooperativa. Y no muy lejos está el minúsculo caserío de Achango, emplazado en lo alto de una loma protegida por álamos. La antiquísima capilla del lugar fue construida por los jesuitas alrededor de 1630, y sus campanas son originales de la época. Declarada Monumento Histórico Nacional, el cuidador –un hombre solitario y de piel curtida– cuenta que el templo se hizo con adobe, palos, cañas y tientos de cuero. Las paredes, de treinta centímetros de espesor, están revocadas con abono de cabra y tierra, en tanto el techo es de paja y madera. Gracias al clima seco, la capilla se mantiene tan intacta como las antiguas alfombras que cubren el piso de tierra, tejidas en telar hace doscientos años por las mujeres del lugar.
En el valle de Calingasta, observación astronómica en el Parque Nacional El Leoncito.
Techo de estrellas
La vuelta a la provincia se cierra en Barreal, en el departamento de Calingasta, en el sudoeste de San Juan. Trescientos setenta kilómetros separan Rodeo de Barreal, tomando primero la RN 40 y empalmando luego en San Juan la RP 12 y finalmente la RP 412. Poco antes de llegar, en la localidad de Calingasta
se encuentra el cerro El Alcázar, una caprichosa formación rocosa que
recuerda al famoso Alcázar español. Barreal, al igual que todo San Juan, goza de un clima seco, soleado y envidiable. A Calingasta la llaman “el techo de San Juan”,
ya que aquí los Andes rondan los 6 mil metros de altura y ofrecen
vistas privilegiadas del Cordón Ansilta (el más alto de la Cordillera) y
el cerro Mercedario (6720 msnm, la montaña más alta de los Andes
después del Aconcagua). Por estas altas cumbres cruzó a Chile el
Ejército del general San Martín en su campaña libertadora.Desde Barreal el paseo obligado es el Parque Nacional El Leoncito, formidable centro de observación astronómica. La reserva protege un ambiente típico de precordillera y resguarda la diafanidad y transparencia atmosférica de uno de los mejores sitios del mundo para ver astros. Los amantes de las estrellas pueden dormir aquí y disfrutar de una observación al aire libre con telescopios. Muy cerca de allí se encuentra la Pampa del Leoncito, una extensísima superficie de doce por cuatro kilómetros que, gracias a la ausencia de obstáculos, soporta ráfagas de hasta 100 kilómetros por hora y es el sitio ideal para hacer carrovelismo y dejarse llevar por los aires sanjuaninos.
Fuente: Página 12 Turismo
Entre los andes y los astros en San Juan
Tal vez no sea una novedad, pero vale la pena repetirlo: la Cordillera de los Andes tiene mil caras. Lejos de la fisonomía baja y relativamente suave del sur de la Patagonia, y más lejos aún del cordón que se mete en el mar Caribe, en el sector central de Argentina, las montañas americanas cambian de vestido y de propuesta. La porción que le corresponde a la provincia de San Juan sigue en la escala de Mendoza y, a la altura de Barreal, el cerro Mercedario refleja blanco hacia el cielo desde el glaciar que lo corona, a 6.772 metros (el Aconcagua alcanza los 6.959 metros).
No es casualidad, además, que la provincia que celebra cada febrero la Fiesta Nacional del Sol ofrezca cientos de actividades al aire libre durante todo el año. En la localidad de Barreal, a 180 kilómetros de la ciudad de San Juan, están asegurados entre 260 y 300 días de cielo abierto por año y, aunque en otoño e invierno hiele al amanecer, el astro diurno calienta el ambiente hasta esconderse. Y de noche, la luz no se apaga, su resplandor hace que la luna alumbre las curvas del relieve y las estrellas luchen por brillar intensamente en uno de los cielos más limpios de América.
Recorridos
En este pueblo del partido de Calingasta,
al sudoeste de la provincia, los álamos marcan el camino; el valle es
prácticamente virgen aunque la fila de árboles recuerda que hay un
recorrido por hacer. El cuadro es claro: la cordillera de fondo, el río
Los Patos y la alameda que lleva a la planicie, verde a fuerza de riego.Desde allí, las opciones para entrar en el corazón de los Andes son dos, a pie o a caballo. Muchos alpinistas eligen el cordón de Ansilta para sus travesías; el bloque montañoso de siete picos, que van de los 5.116 metros de altura a los 5.780, es un desafío exclusivo para expertos. El Mercedario también se escala, aunque todavía no cuenta con infraestructura suficiente para lanzarse a la aventura sin permiso, como en el Aconcagua.
Las excursiones a caballo por la Ruta Sanmartiniana no requieren tanta preparación, pero no por eso se precisa menos valentía que en la escalada. La opción más larga dura seis días y reedita la travesía del Libertador hasta el límite internacional, ida y vuelta. Con las comidas y los servicios cubiertos, y el descanso organizado por los guías en campamentos, es una semana para olvidarse de la civilización. Hay que hacerles caso a las recomendaciones de los instructores y confiar en los pingos, que marchan sin prisa y sin duda hacia la frontera con Chile. Esta travesía se organiza entre diciembre y marzo, cuando la nieve cede el paso y los ríos corren al compás del deshielo. Pero eso no es todo, hay una opción más corta para pasar el día dentro del Parque Nacional El Leoncito, a 20 kilómetros de Barreal, que incluye un trekking por el circuito de agua bordeando los arroyos que lo cruzan y una cabalgata por la precordillera, con Ansilta, el cerro Mercedario y la cima del Aconcagua como referencia durante todo el camino.
El lago seco
Al día siguiente, otra es la historia y hay que cambiar los caballos
por un carro a vela. Todo comenzó hace 180 millones de años, cuando la
Cordillera de los Andes empezó a elevarse y, al mismo tiempo que se
proyectaba hacia el cielo el cordón montañoso más joven del planeta,
pedazos de mar quedaron atrapados y se secaron. Así se formaron el salar
de Uyuni, en Bolivia, las Salinas Grandes jujeñas y, en San Juan, una laguna de
diez kilómetros de extensión y cinco de ancho, que se elevó junto con
la placa sudamericana y dejó al descubierto el suelo arcilloso al perder
humedad. Hoy, esta suerte de playón natural ubicado a los pies de los
Andes y fuera del área protegida por Parques Nacionales, cumple las
funciones de aeropuerto sin free shop –en septiembre de 1986, el ex
presidente Raúl Alfonsín, en vuelo oficial, la utilizó para aterrizar
cuando fue a inaugurar el Complejo Astronómico– y pista para motos,
autos, y todo tipo de vehículos. En este lago seco, conocido como el Barreal
Blanco o la Pampa del Leoncito, el horizonte se funde con el cielo y la
velocidad la propone el viento. El carrovela es una especie de carting,
pero sin motor ni frenos, que avanza cuando la vela se coloca
perpendicular al viento, que llega a soplar a más de 30 kilómetros por
hora y, entonces, el carro alcanza los 80 kilómetros por hora. El pelo
vuela y los pies se mantienen firmes en la estructura del vehículo; el
desplazamiento es al ras del piso y la experiencia, para no olvidar.
Los Patos
A una hora de Barreal,
el río Los Patos viene bajando del Aconcagua y atraviesa el Valle de Calingasta.
Los turistas dan con él, justo en este punto sanjuanino. Con el bote en
el agua, el casco y el salvavidas puestos hay que estar listo para otro
tipo de aventura: el remo se toma de la punta y del centro y todos
hacen fuerza a la vez, porque el trabajo es en equipo.Con dificultad grado tres –o más en el curso superior–, este rafting es ideal para realizar en primavera y verano, cuando el río baja con más fuerza. La excursión, de 80 minutos o de pic nic y día completo, es la más exigente. También hay otras de baja dificultad, aptas para todo público, de tres cuartos de hora.
Paisaje estelar
Con un control remoto y un telescopio no muy impactante ubicado afuera
del edificio, la guía del Complejo Astronómico El
Leoncito (Casleo) invita a viajar con la imaginación y a corroborar
con la vista la inmensidad del universo. Los anillos de Saturno, los
océanos de la Luna y la Vía Láctea ya no son sólo conceptos a visualizar
mentalmente cuando desde la ciudad tratamos de imaginar un cielo
estrellado. De noche, en el Parque
Nacional El Leoncito, el viento sopla suave y el cielo se deshace
de sus pocas nubes, como si la noche lo animara a mostrarse tal cual es.
“Ahora van a ver un grupo de miles de luces. Es un cúmulo abierto, un
grupo de estrellas
nuevas”, explica Claudia, la guía, y asegura que esta noche no hace
tanto frío, mientras el auditorio, con gorros de lana y ponchos
improvisados, sopla entre las manos y junta bien las piernas
protegiéndose del aire del Sur.El blanco de las paredes del observatorio resalta en la oscuridad y afuera hay que sacar fotos sin flash, porque la luz de las cámaras puede alterar la percepción del Jorge Sahade, el telescopio reflector ubicado dentro del complejo. Con un espejo primario de 215 centímetros de diámetro, uno secundario de 65 y 40 toneladas de peso, éste está reservado al uso de los científicos, quienes, desde todo el mundo, presentan sus proyectos astronómicos con más de un año de anticipación, para permanecer según requieran.
Los astrónomos duermen de día y se despiertan con la luna, al menos durante su estadía en El Leoncito. Y existe la posibilidad de convivir con ellos, de dormir en las habitaciones del Casleo, con pensión completa, visita diurna a las instalaciones y observación nocturna, sin que falte el paseo por el piedemonte de la precordillera. Estos recorridos también se realizan sin pernoctar, y los guías del paseo espacial, a disposición del Complejo, no tienen límite de tiempo: la duración de las actividades la determina la curiosidad de los viajeros.
Fuente: Diario Perfil
Paseos para disfrutar de las estrellas y los Andes en San Juan
El color de su cielo –de un celeste impecable, casi perfecto–, y las noches estrelladas quedarán grabados en la retina. También, la imagen de la Cordillera de los Andes siempre presente, el verde de los valles y el dorado de las alamedas que bordean los caminos. Pero hay mucho más. Porque el circuito de los alrededores de la villa turística Barreal y del Parque Nacional El Leoncito, en el departamento sanjuanino de Calingasta, tiene otros encantos, que enriquecen el viaje y resultan buenos motivos para pensar en volver a este rincón mágico de Cuyo.
La primera posta en el camino es Barreal Blanco, que le da el nombre al pueblo y, según los lugareños, presenta una fisonomía única en el mundo. Se trata de un territorio de 14 kilómetros de largo por 5 de ancho, con un suelo de arcilla surcado por una infinita cantidad de grietas, que van delineando piezas de formas y tamaños diferentes. Caminar por allí es como estar en un desierto inhóspito. Aunque sólo se encuentra a media hora del centro urbano de Barreal.
Durante la visita, la presencia esperada y bien recibida es la del viento “conchabado”, que suele soplar con más fuerza desde octubre hasta marzo. Es que, cuando las brisas son intensas, el programa obligado es probar la sensación de deslizarse sobre la tierra a bordo de un “carrovela”, una especie de conjunción entre un karting y una tabla de windsurf. La travesía se realiza junto a un instructor, quien primero enseñará los secretos para manejar y direccionar la vela, de acuerdo a la orientación del viento, y realizará un breve paseo. Si uno se siente seguro, podrá probar hacer algunas maniobras y zig zags. La ventaja: no hay ningún arbusto ni obstáculo que sortear. La adrenalina y el ritmo del paseo sólo dependerán de la intensidad del viento.
De cara al Universo
Para el día siguiente, es casi obligada la visita al Parque Nacional El Leoncito, ubicado sobre los faldeos occidentales de la Sierra del Tontal (la precordillera andina) y a 30 kilómetros de Barreal. El lugar tiene una superficie de 89.706 hectáreas y fue parte en otra época de una inmensa estancia. Y, si la primera impresión del cielo sanjuanino puede ser una bálsamo de relax para los turistas, conocer el complejo astronómico El Leoncito y la estación Carlos Cesco, que funcionan dentro del predio, terminará por conquistar hasta a los más urbanos. La razón: la pureza del ambiente está garantizada y el área se encuentra protegida atmosféricamente. Además, tiene cualidades naturales distintivas para la observación de astros y estrellas y hay cerca de 280 días despejados al año.Un edificio blanco, instalado a más de 2.500 metros de altura sobre el nivel del mar, con una cúpula circular, y un gran playón, abierto hacia las montañas, es el punto de referencia. De día, se puede realizar un recorrido didáctico, para conocer el funcionamiento, las características y tareas del centro y recorrer las instalaciones. Y, después de la caída del sol, vale la pena repetir la visita y tomarse un buen tiempo para descifrar, a través de un telescopio de 35 centímetros de diámetro ubicado al aire libre, las constelaciones más cercanas y mirar una y otra vez las imágenes de la luna y de otros planetas del sistema solar.
La guía cuenta que los más interesados suelen quedarse hasta bien entrada la madrugada. El consejo es abrigarse lo más posible. Hay que tener en cuenta que las noches suelen ser muy frías –en invierno, con varios grados bajo cero– y no hay ningún reparo para protegerse. Otra opción es instalarse en el hostal dispuesto para los investigadores y compartir cenas y charlas con el equipo profesional.
Los atractivos del parque no se reducen sólo a la contemplación astronómica. Valles, montes, su vegetación árida, pequeños hilos de agua y hasta piedras de una antigua calera, marcan su otra cara. Una excelente opción para recorrerlo es la cabalgata que se realiza desde el Rancho de Abajo. El circuito está atravesado por subidas y bajadas; pendientes y planicies y senderos estrechos. Un baqueano conduce al grupo y da las indicaciones necesarias. Y si quedan dudas, los organizadores se encagarán de desestimarlas. “No hay caballos suicidas”, repiten como un mantra. También, se ofrecen circuitos de trekking, de diferente duración e intensidad.
Por las calles de Barreal
A quienes busquen incrementar la adrenalina, una jornada de rafting en el río Los Patos los espera. Según la experiencia y las ganas de empaparse con agua helada, se puede elegir entre un circuito básico, de 45 minutos, que se recomienda a partir de los 4 años, y otros de una hora y media o todo el día, que requieren de mayor destreza y un mejor entrenamiento. El telón de fondo es siempre la cordillera de los Andes y el sonido ambiental, el agua en movimiento.Y, a la vuelta, la visita al pueblo de Barreal es casi obligada. Sus calles de tierra, los álamos, las casas bajas y las acequias arman una postal inconfundiblemente cuyana. Además, cuenta con una gran variedad de opciones gastronómicas, que revalorizan los productos de la zona, invitan a disfrutar de un momento placentero y a renovar la energía para seguir el recorrido por los rincones únicos que esconde esta provincia.
Fuente: Clarín turismo
Visita nocturna al Valle de la Luna
Para visitar Ischigualasto a la luz de la luna llena, ese astro que está en el origen mismo de su nombre (“sitio donde se posa la luna”, o Valle de la Luna), hay que llegar al Parque al atardecer y asistir primero a la preciosa puesta de sol. El lugar ideal para esperar el ocaso es frente a la enorme formación conocida como el Hongo, que se enciende durante unos minutos en naranja radiante: la hora para la foto perfecta.
Buscando la foto a contraluz, elegimos la parte de atrás del Hongo y observamos la transición lenta entre el crepúsculo y la noche, que en la vastedad del Valle de la Luna se percibe como una progresión que avanza segundo a segundo. Al fondo vemos el sol que se acerca milímetro a milímetro a la línea del horizonte hasta hundirse en ella, chisporroteando como un globo incandescente que cae al mar. Entonces el cielo pasó del naranja fuego concentrado sobre el horizonte a un malva suave extendido por todo el firmamento. En apenas diez minutos ya se había vuelto gris, y finalmente negro.
Rápidamente partimos hacia el sector del Submarino para asistir entonces al proceso inverso. Al fondo del paisaje todavía se podía ver la gran muralla de los Colorados, teñida del rojo furioso del atardecer. Y detrás comenzó a asomarse el disco perfecto de la luna, cuyo movimiento continuo podíamos captar con la vista mientras se elevaba justo entre las dos torres periscópicas del Submarino.
En verdad, nunca llegamos a estar en la oscuridad absoluta, porque cuanto más se elevaba el satélite blanco, mejor nos iluminaba. Abrimos bien los diafragmas de las cámaras y nuestros ojos hicieron lo mismo dilatando el iris de manera automática. De este modo la luminosidad era total; no hacía falta linterna alguna ni había peligro de tropezar con nada, gracias a un cielo límpido y sin viento que nos concedía un silencio absoluto.
Un concierto en la luna
La siguiente estación de la visita fue en el Campo de Bochas, el sector del Parque que mejor reproduce el ambiente lunar, especialmente en la visita nocturna, donde todo visitante se siente como pisando las huellas de Neil Armstrong.En la caminata hacia el Campo de Bochas se pasa por la Esfinge, cuyo perfil oscuro en la noche recuerda la perfección de aquellos felinos de cabeza humana que tallaban los egipcios. Luego aparecen junto al sendero singulares formaciones de arena de forma helicoidal, un cerro de frente triangular y también montones de “honguitos”, como se conoce coloquialmente a esas formaciones tan características del Valle de la Luna que tienen una fina columna de arena sosteniendo en la punta una piedra chata. En este caso son “hongos” miniatura, que más adelante aparecerán en versión gigante.
Al llegar a la Cancha de Bochas cuesta creer que esa gran cantidad de rocas casi perfectamente esféricas hayan sido moldeadas por la naturaleza y acumuladas todas en un mismo lugar. La ciencia las llama “concreciones” e intenta con varias teorías explicar su formación. La más aceptada afirma que comenzaron siendo un núcleo rocoso al que se fueron adhiriendo otros sedimentos que lo cubrieron como las capas de una cebolla. Se sabe que se formaron hace 228 millones de años, y que su forma circular las hizo rodar hasta donde están hoy, al final de una larga y suave pendiente. A algunas se las ve completas, de cuerpo entero, en tanto otras están semienterradas en la arena. Y si en época de lluvia aparecen a pleno por la erosión, en tiempos de sequía el viento y la arena las vuelven a tapar.
En el Campo de Bochas ocurre el momento más intenso de la visita, con un concierto en “la luna”. La excursión tradicional que se contrata en el Parque es una visita guiada común, pero si se quiere asistir a una experiencia diferente, desde la ciudad de San Juan se puede optar por otra visita de día completo: es la que incluye la participación de un saxofonista que interpreta clásicos como la muy oportuna “Serenata a la luz de la luna”, de Glenn Miller.
Sombras en la oscuridad
Durante la visita nocturna se accede a lugares alternativos a los que no se llega durante el día, como la zona de las Bandejas, llamada así por unas geoformas rocosas similares a grandes bandejas. También se visitan las iglesias abandonadas, donde se realiza un trekking entre rocas de formas extrañas que se dirían templos en ruinas.Por la noche todo es sugestión en este Parque por donde caminaron, en el período Triásico, los primeros dinosaurios de la Tierra. Las extrañas geoformas se perciben a la perfección, tanto como en el día, pero con la superficie “alisada” por una oscuridad que tiende a quitarles profundidad.
Las formaciones se ven totalmente negras, con el contorno recortado contra el cielo lleno de estrellas, e incluso proyectan una extraña sombra. A estas horas, la sensación de viaje en el tiempo hacia remotas eras geológicas es aun más pronunciada que en el día, dando la sensación de que en cualquier momento un dinosaurio amistoso se va a acercar a ver quién anda merodeando su reino. Tampoco nos sorprenderíamos demasiado si detrás de la barranca apareciera volando una pareja de pterodáctilos buscando alguna presa para la cena.
Mientras tanto, los guías explican algunas cuestiones básicas sobre el origen del Parque Provincial Ischigualasto: por ejemplo, que el suelo que pisamos fue la superficie de la Tierra hace 200 millones de años, cuando todo este paisaje árido era un vergel con lagos, bosques y una nutrida fauna donde sobresalían los dinosaurios. Pero al brotar la Cordillera de los Andes, los vientos húmedos del Pacífico dejaron de llegar, frenados por esa barrera natural, y poco a poco la zona se convirtió en un desierto. Al mismo tiempo, la superficie de la Tierra comenzó a ser tapada por capas de sedimento arrastradas por el viento. Además los movimientos tectónicos de la placa de Nazca que elevaron la Cordillera trajeron consigo fragmentos del antiguo suelo del Triásico, y con ellos las extrañas formaciones rojizas del Valle de la Luna y los dinosaurios petrificados.
Las explicaciones, como es natural, no difieren demasiado de las escuchadas durante el día. Por eso durante la noche los guías ponen más énfasis en lo vivencial que en lo científico, en el silencio de este desolado paraje donde se teje y desteje una infinita trama de castillos de arena esculpidos por el viento. Un frágil mundo de borrosas esculturas que se desarrolla en aparente inmovilidad. De algún modo, se logra a la perfección el objetivo inicial del viaje: recorrer el Valle de la Luna imaginando cómo era la época de los dinosaurios, reconstruyéndola en la imaginación con más nitidez que en las pantallas de realidad virtual, y divisando en este paisaje solitario la vida de aquella lejana pero siempre presente megafauna del Triásicoz
Fuente: Página 12
San Juan, las estrellas de Barreal
Sugerencias para tener en cuenta si ve un puma: obsérvelo; agrupe a los niños; si se encuentra a corta distancia, no corra, agite los brazos y una prenda de vestir sobre la cabeza; si el animal se vuelve agresivo, grite fuerte y defiéndase enérgicamente. Los consejos en la entrada del Parque Nacional El Leoncito no fueron por suerte necesarios. No se vieron pumas, mucho menos leones, apenas un chinchillón. Porque las estrellas del parque son otras: inmensas, se ven chiquitas y están en el cielo.
Este parque es uno de los mayores atractivos de Calingasta, departamento en el sudoeste de la provincia, cuyo pueblo Barreal centraliza el movimiento turístico. La protección del parque garantiza las virtudes atmosféricas de la región, una de las mejores del mundo para observar astros. Sólo una visita nocturna permite entender de qué se trata.
Pero el primer recorrido por el Complejo Astronómico El Leoncito puede hacerse de día. La gran cúpula blanca del observatorio principal sorprende tanto como el radiotelescopio brasileño, que tiene un cobertor de múltiples caras y sirve para estudiar la superficie del sol.
El lugar se mantiene casi en silencio durante la mañana, cuando la mayoría duerme, porque trabaja de noche. La visita guiada dura unos 30 minutos e incluye el interior del observatorio, cuyo telescopio sorprende con un espejo de 40 toneladas y 215 cm de diámetro. Para ver las estrellas, la propuesta es volver a última hora o pernoctar dentro del complejo.
Una buena opción para disfrutar de los atractivos terrestres del parque nacional durante el día es una cabalgata por el pedemonte. Desde el Rancho de Abajo, que está dentro de las 76.000 hectáreas protegidas, se parte con cascos de equitación en busca de un cerro con buena altura para disfrutar de la vista de la Cordillera.
El camino en ascenso le da un toque de aventura a un circuito que, con caballos que salen en fila y conocen el trayecto de memoria, es básicamente de contemplación. A lo lejos se disfruta de la principal montaña de la provincia: el cerro Mercedario, de 6770 metros, también conocido como el Centinela de Barreal.
Para una cabalgata más extrema, desde aquí se puede seguir la ruta sanmartiniana del valle de Los Patos, tras las huellas del Libertador. Se trata de un circuito de seis días, a diferencia de esta propuesta, que dura 75 minutos y es un placentero descanso en movimiento.
Entre el verde de las jarillas, los cojines de Maihueniopsis glomerata -o leoncitos, como les dicen a estos arbustos en la zona, por eso el nombre de la región- y el polvo que se levanta, el recorrido alcanza una antigua cantera de piedras talladas a mano. Sólo en el último tramo se vuelve muy activo, por el descenso abrupto y el extenso galope de la recta final: los caballos quieren volver y aceleran el paso.
Ramón es quien lleva la cabalgata y su hermano Diego se ocupa del asado, para comer junto a los álamos, con la vista de los cerros desde el inmenso patio de la casa.
Manto quebrado
En el mismo día o al siguiente se puede visitar el Barreal Blanco, a 15 minutos del observatorio, también conocido como Pampa del Leoncito. Es como un rompecabezas de 12 por 5 kilómetros, con todas las piezas encastradas, que se ve como un manto beige a un costado de la ruta 149. Su suelo está resquebrajado, y es aún más seco que los labios, que desde el principio del viaje por la zona piden urgente manteca de cacao.
El lugar suele estar vacío, aunque muchas veces, sobre todo en temporada alta, se puede encontrar a personajes locales como don Rogelio Toro. El hombre propone dar unas vueltas por la planicie con sus carros a vela, actividad que se volvió turística hace más de una década, cuando dejaron de realizarse allí competencias de esta actividad deportiva.
"Muchos viajeros llegaban a Barreal preguntando por los carros, que los habían visto en fotos. Como aún teníamos los vehículos que usábamos en carreras por el país, empezamos a ofrecer el servicio", recuerda Toro, de 67 años.
Para dar una vuelta con él por el Barreal Blanco hay que llamarlo a su casa, donde guarda y arregla sus siete carros. En competencias, el hombre utiliza velas más livianas y con alunamiento, mientras que en plan turístico lleva, de repuesto, una de cinco metros de alto por si hubiera poco viento. Una vez en la planicie, es cuestión de esperar que sople. El viento suele alcanzar unos 30 kilómetros por hora y puede superar los 80.
Nuevamente en el pueblo, es posible quitarse el polvo, descansar un rato, aprovechar la oferta gastronómica (hay una decena de opciones) y caminar por la plaza San Martín. Es ahí donde se realiza en febrero la Fiesta de los Enamorados. La pequeña urbe cuenta, además, con el Paseo de los Enamorados, calle arbolada con una extraña estatua de Cupido. El circuito romántico se completa con la luna, nuevamente en el Leoncito.
Volver tarde
Un telescopio de 35 cm de diámetro les permite a los visitantes ver objetos celestes: planetas, estrellas dobles, galaxias, cúmulos estelares... La propuesta es al aire libre y el observatorio está a 2552 metros sobre el nivel del mar, de manera que es imprescindible llevar abrigo. En invierno, la temperatura puede llegar a -10°C. Claro que las lluvias son escasas, incluso hay unas 280 noches por año completamente despejadas.
La observación (ver recuadro) comienza al atardecer, o cerca de las 22 cuando uno opta por quedarse a comer. En esos casos, el espacio del comedor se comparte con los técnicos y astrónomos, que no suelen verse demasiado en la visita más tradicional. Como se trata de un lugar de investigación y trabajo en altura, no están permitidas las bebidas alcohólicas.
Rápidos y no tanto
El río de los Patos cruza de Sur a Norte el departamento Calingasta. Es ancho en gran parte de su recorrido, de hasta 40 metros, pero en algunos tramos se hace angosto y es entonces cuando se vuelve divertido. Los rápidos alcanzan el grado III, que en la jerga del rafting significa que son lo suficientemente veloces como para mojarse un poco, sentir adrenalina y tal vez caerse del bote, pero con un nivel de riego muy bajo.Esta propuesta de rafting es la más requerida por los visitantes, aunque pocos lleguen buscando bajar el río con un gomón. La actividad no es muy conocida en la provincia: el rafting en Cuyo suele asociarse con Mendoza. Pero esa imagen está cambiando, sobre todo con la difusión en el aeropuerto de San Juan, con una gigantografía de rafting entre cañones. Esta propuesta por el río de los Patos dura casi una hora y media y atraviesa también un cañón, a los pies de la Cordillera de Ansilta.
Hay una opción más familiar, especial para ir con niños desde 4 años. Dura 45 minutos, tiene un nivel de dificultad mínimo y es casi un paseo. Por algo Sergio Hernández, organizador de la actividad, lo llama el baby rafting. La tercera excursión que ofrece es de todo el día, con nivel de dificultad lll y una parada para almorzar, prácticamente debajo de una cascada.
Observación nocturna
"Aquí se estudia la composición química de las estrellas. Lo que nos interesa es la luz", explica Claudia, la guía turística del complejo, apenas enciende el telescopio. La visita nocturna puede durar varias horas. "A veces terminamos al amanecer, depende de la curiosidad de los visitantes", agrega. La claridad sobre El Leoncito es extraordinaria. Por eso la zona fue declarada Reserva Astronómica en 1979 y hoy es una referencia mundial en materia científica. Ofrece el servicio de observación para investigadores, quienes por lo general pasan de tres a catorce jornadas. Los turistas pueden quedarse a dormir, aunque sólo una noche.
Datos utiles
Cómo llegar* LAN: la aerolínea ofrece hasta cinco frecuencias semanales de Buenos Aires a San Juan. Tarifas, desde $ 531, con impuestos incluidos. 0810-9999-526. www.lan.com
* Entre San Juan y Barreal hay unas tres horas de viaje en auto y cuatro en ómnibus. La compañía El Triunfo tiene dos frecuencias diarias y cobra $ 36 el pasaje. En la terminal de San Juan: (0264) 4214532.
Qué hacer
* Parque Nacional El Leoncito: A 34 km de Barreal, se puede acceder desde el norte por la ruta provincial 412, que pasa por Barreal, o por la misma ruta desde el Sur, desde Mendoza. Contacto: (026) 48441240. elleoncito@apn.gov.ar
* Complejo Astronómico El Leoncito: las visitas diurnas pueden realizarse concurriendo directamente al complejo. Horario: de 9 a 12 y de 15 a 17. Precio: $ 10. Para la atención nocturnas, consultar tarifas y horarios: (0264) 4213653/4273653; kdominguez@casleo.gov.ar. Oficinas en San Juan, Avda España 1512 sur.
* Observación y cabalgata: la agencia Explora Parques ofrece, entre sus propuestas, una visita diurna al observatorio, cabalgata, trekking y observación nocturna, ida y vuelta desde Barreal. Desde 160 pesos por persona. (0264) 5032008/5022552. www.exploraparques.com.ar
* Don Toro Carrovelismo: (0264) 156717196. dontoro.barreal@gmail.com
* Rafting en río Los Patos: el baby-rafting, $ 60 por persona; La Junta, $ 120. Día completo, $ 250. Contacto: (0264)155307764 o (0261) 155514232
Fuente: La Nación Turismo
http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1262627
Cruce de los Andes por la senda del general San Martín
El pelo duro y revuelto, la piel resquebrajada y la vestimenta saturada de tierra. Faltan pocos kilómetros para culminar con la ardua travesía de seis días, y esa descripción se adapta a la totalidad de los expedicionarios, un combo de autoridades, periodistas, gendarmes, médicos y diplomáticos. «Vamos, Juanita», alienta Patricia Gómez de la revista El Federal a su agotada mula minutos antes de llegar a Manantiales, departamento de Calingasta, donde ya suena la diana y los aplausos comienzan a multiplicarse. Fue el mismo paraje del que habían partido una mayoría de jinetes novatos y habitués del asfalto, ahora convertidos en amateurs de la montaña.
Todo había comenzado una semana antes. Una mochila con dos mudas de ropa, protector solar y una buena reserva de hojas de coca para prevenir el «soroche» (mal de altura) formó parte del equipo personal, indispensable para hacerle frente a la Cordillera de los Andes. Ni bien culminó el trayecto en 4x4 que atravesó un sinuoso camino desde San Juan capital, fueron asignados las mulas y los caballos que acompañarían a cada protagonista de la experiencia. Los animales estaban identificados con números, pero en cuestiones de segundos fueron bautizados por sus propietarios temporales: Ramona, La Rubi, Juanita y Malena, entre otros. Sándwich de milanesa en mano y a rodar. «¡Viva la Patria!» grita Rulo, cantautor y futuro agitador de las noches de campamento. «¡Viva!», responde una columna exaltada. La expedición, organizada por sexta vez consecutiva por el Gobierno de San Juan, busca imitar la audacia del general San Martín previa a la batalla de Chacabuco, en Chile. Hoy sólo son 74 los protagonistas, entonces fueron 5.000 soldados y más de 10.000 mulas.
La jornada de cabalgata brinda una geografía de paisajes rojizos y pastizal espinoso. Desde la cúspide de las montañas aún medianas, tímidos guanacos vigilan el avance de los intrusos que a tranco lento van hacia Trincheras de Soler, también conocido como Las Frías, donde el equipo pasará una noche helada en la carpa. La dureza de la Cordillera se hace carne en tres de los aventureros, que deben ser asistidos por los doctores Mariano Cisterna y Sebastián Carvajal por cuadros de deshidratación. Sus tratamientos -sueros mediante y paciencia- son exitosos.
«¡Arriba!», grita el comandante mayor de Gendarmería, Jorge Hogalde, entre aplausos. Son las 6 de la mañana y espera una de las marchas más largas y agobiantes. El contexto es hostil, no existe vegetación, sólo un río de deshielo que sirve de guía hasta El Espinacito, a 4.825 metros de altura. Sin el equipo necesario, la supervivencia humana en ese escenario sería imposible. «No te asustes, flaca», aconseja paternal el gobernador José Luis Gioja a una de las periodistas que iba rígida ante la desobediencia de su transporte. Es duro, una mula y un caballo no pueden con el esfuerzo y abandonan en pleno camino a quienes los montan.
La cumbre regala uno de los cuadros más grandiosos del recorrido, la Cordillera toda queda al alcance de la mirada del hombre, minúsculo an-te la inmensidad. A kilómetros, el Aconcagua emerge nevado y perpetuo, al tiempo que los cóndores realizan círculos sobre las cabezas de los expedicionarios. Todavía resta el empinado descenso y 7 horas más de trayecto.
El sol lastima la piel, la combinación de viento arremolinado y arenilla obligan a cerrar los ojos, aun con la protección de lentes. Se suman a esos factores caminos de ripio y precipicios resbaladizos. De a uno por vez. Despacio y tranquilos, con toda la confianza puesta en el animal, que, según garantizan los conocedores, está entrenado para estas cumbres y sus desniveles. Pero el temor no cede. El próximo destino es el valle Los Patos, territorio en el que fue construido el refugio Sardinas. Vuelven el verde, la fauna silvestre, los mates. «¿Y qué más que esto se necesita para vivir?», se pregunta una periodista enamorada de la sábana de estrellas que protege su carpa. Es noche de guiso, serenatas, vino tinto y de las improvisaciones de Rulo. Todos bailan: el embajador de Canadá, Tim Martin, su esposa Fátima; los gendarmes Gamberale, Quiroga y Pineda. El tercer día será un merecido descanso.
Recuperados y ansiosos los expedicionarios parten temprano rumbo al límite con Chile, donde se producirá un esperado encuentro con ciudadanos del país vecino. Allí, donde en los mapas culmina el territorio nacional, la columna forma un abanico cargado de banderas argentinas. Suena la diana y todos los participantes emprenden un emotivo galope hacia los hermanos chilenos. Surgen los abrazos, el llanto. Se quiebra hasta el más duro. Luego del acto comienza la despedida, ya es hora de emprender el regreso.
El camino de vuelta es similar en gran parte del trayecto, pero con otra sorpresa vertiginosa: La Honda. Llegar a su cima (4.300 metros de altura, con glaciar incluido) y su posterior descenso son travesías más duras que el Espinacito, reflejo de ello son los cadáveres de animales que rodean el territorio. «¿Viste la mula muerta?», le pregunta Lucía Álvarez del diario Miradas al Sur a una de sus colegas que tambaleaba sobre su caballo en una pendiente peligrosa.
El último día no hay ropa que aguante, varios parecen haber salido de trabajar en una mina de carbón. Sin embargo, ni el sacrificio permanente ni la falta de una ducha son razones suficientes para querer dejar los Andes. Son los minutos previos antes de llegar a Manantiales, muchos se van despidiendo de sus caballos o sus mulas y hasta dejan caer lágrimas. Es la última mirada a la Cordillera libre, dura, magnífica.
Circuito de lujo
La hazaña emprendida en 1817 por el general San Martín se recicla ahora como circuito turístico de elite entre curiosos y fanáticos de la montaña. Numerosas agencias de turismo de aventura ofrecen distintos tipos de rutas por Mendoza y San Juan. Los trayectos a lomo de mula oscilan entre los seis y diez días y se realizan de diciembre a fines de febrero, cuando los pasos transitados carecen de nieve y las bajas temperaturas aún son tolerables. El costo no baja de los u$s 1.500 por persona y hay que hacer reservas con varios meses de anticipación.
Fuente: Ámbito
http://www.ambito.com/suplementos/placer/noticia_suplemento.asp?ID=520143
San Juan: eterno reino del viento y el sol
A 180 kilómetros de la capital sanjuanina, Cuesta del Viento es uno de los lugares más buscados porque combina la aridez de un paisaje lunar con la transparencia turquesa de un espejo de agua.
Cualquier trotamundos un poco despistado podría llegar a Cuesta del Viento y pensar que está frente al célebre Valle de la Luna, solo que éste ha sido ahogado por un gran diluvio.
En el espejo de agua que gobierna el panorama sobresalen apenas las puntas de los altos cerros que alguna vez reinaron en el lugar, transformados ahora en coloridos islotes perdidos en medio de un mar de aguas color turquesa.
Se trata en verdad de un lago artificial en el departamento de Iglesia, San Juan, originado hace diez años por la construcción del dique Cuesta del Viento que, por un azar de la intervención humana, conformó uno de los paisajes más sorprendentes e ignotos de nuestro país.
Es que al llegar a Cuesta del Viento desde la capital por la ruta 150, aparece de golpe la enormidad resplandeciente de un excepcional valle que combina la sequedad de un paisaje desolado con la transparencia caribeña de las aguas.
Dentro del lago, rodeado por montañas de hasta 6.250 metros con un tenue color lila en sus pendientes, sobresalen islotes ermitaños cuyos rectos paredones tienen algo de fortaleza sumergida. Algunos presentan raras formas y otros tienen a un costado los innegables restos de un gran derrumbe ocasionado por la fuerza del viento y del agua.
Todo ese escenario sorprende y -por lo menos a los más fantasiosos- hace pensar que una suerte de Atlántida en ruinas está oculta bajo aquellas aguas de deshielo que se deslizan colina abajo desde las cumbres montañosas. Como telón de fondo, del otro lado del lago, unos rojizos ventarrones de arena suben hasta el cielo con sus remolinos al acecho, amenazantes.
Viento, viento y más viento
Verdaderamente este lugar hace honor a su nombre, porque hay que saber que quien visita Cuesta del Viento, literalmente "se vuela". Hasta el mediodía la calma se mantiene constante, pero es en ese momento de la jornada cuando la brisa suave gradualmente aumenta su velocidad y entre las 3 y las 5 de la tarde se desata como viento fuerte del sureste.
La potencia eólica es tal que en algunas ocasiones, si no hacemos fuerza con el cuerpo hacia adelante, podemos ir a parar al suelo ante la burla de nuestros acompañantes. En el lago se producen olas y ráfagas de agua que se levantan varios metros sobre la superficie en forma de rocío.
La razón de tanto viento es una especie de embudo que se forma justo donde ingresan las corrientes de aire en el valle. Al estrecharse el paso, el viento eleva su velocidad hasta los 80 kilómetros por hora. En otoño, las temperaturas oscilan entre los 5 y los 25 grados centígrados a lo largo del día, en verano son mucho más altas. El 98 por ciento de los días está despejado y llueve sólo cinco veces al año.
Desafíos extremos
El dique -como es lógico- es uno de los mejores lugares del mundo para la práctica de windsurf. En la playa del Rancho Lamaral, un hostel que se llena de amantes de este deporte, dan clases. Para los más avanzados hay un instructor especializado en saltos, que son el atractivo principal de la zona.
Una disciplina más extrema es el kite-surf, surgido a partir del parapente pero mezclado con el surf y el esquí. La diferencia es que en el kite-surf el impulso lo da el viento -con una vela similar a la del parapente pero más pequeña- y en vez de volar se hacen saltos que pueden llegar a los 15 metros de altura (10 metros es lo normal a una velocidad de 40 km/h).
Lo imperdible
Salir a explorar los paisajes es una obligación. Ya sea en cabalgata, mountain bike o a pie se ofrecen tours con guías que acompañan esta imperdible aventura. El alquiler de motos y cuatriciclos es la opción elegida por los amantes de la velocidad.
Pasar por “La surfera”, que es un bar considerado casi un monumento fundacional del pueblo de Rodeo. De clásica fachada colonial y estructura de adobe, es catalogado como el mejor "night point" del lugar por su particular decoración, la mixtura de objetos y los extraños seres que lo visitan. Sus dueños sirven inimaginables delicias al horno de barro y los más exquisitos tragos.
Animarse a escalar algunas de las sierras esculpidas por la erosión.
Los que no se atreven a los deportes extremos en el dique pueden alquilar kayac y dar unas vueltas por la costa, o tomar sol en los paradores, que tienen una onda reggae increíble.
Probar las pizzas de "La Morada"… ¡Deliciosas!
Animarse a una bajada de rafting por el río Jáchal, a solo cinco kilómetros de Cuesta del Viento. Esta aventura en gomón comienza cerca de las compuertas del dique.
Fuente: Los Andes Online
http://www.losandes.com.ar/notas/2010/2/14/turismo-471861.asp